miércoles, 4 de febrero de 2015

El ojo de poeta

Thunbergia Alata. Imagen de Wikipedia.











El ojo de poeta
Es un hoyo negro
En un desierto infinito
Observando al cielo.

Intenta descifrar el mundo
Y lo que hay más allá
Y se encuentra con la mirada silenciosa
Del destello que grita.

El sol lo ciega
Sin dejarlo aclarar
la razón de su deseo.

El hoyo negro se empieza a mover
Con dolor y desesperación
Por el desierto.

Y después de rebotar por muros invisibles
De subir y bajar dunas colosales
Se detiene y reconoce el lugar:
Se da cuenta de que ya ha estado ahí.

¿Pero cómo, -pregunta-
En este desierto estéril y uniforme,
En este laberinto de dunas que habito,
Puedo encontrar un lugar adecuado?

Este lugar igual a cualquiera del monótono desierto
No es el indicado porque sea distinto
Lo es porque es su destino.

No es preestablecido
Sino que es encontrado.
Pues había sido dejado en un sitio conocido,
Por el que ya había transitado.

El anochecer se precipita
Y el ojo de poeta debe decidir
 si quedarse o irse de nuevo.

Observa al cielo
Y mira que las estrellas se empiezan a encender,
A dejar de ser solo rocas en el cosmos,
Para ser luz en la noche del poeta.

Un espejo circular asciende en el firmamento
El ojo de poeta mira y se ve reflejado en la luna.

Y dice:
Yo soy el ojo de poeta
Pero lo que hay más allá del infinito desierto
Es el poeta.

A medida que pasa la noche
Y la luna se aleja con su séquito estelar,
Ve cómo el hoyo negro aspira
Al poeta que camina con las manos en los bolsillos
Día y noche
Por el sendero solitario,
Con su rostro frente a la luna que se va
Viendo en el reflejo
Como su ojo se lo traga.



viernes, 3 de octubre de 2014

Volver.

(Reseña de un relato sin hacer)

Un hombre exiliado que al volver a su lugar de nacimiento, después de 30 años, se da cuenta que el pueblo que habita en su memoria ha sido arrasado por el incesante Tiempo. Pero, una niña simpática que representa la nueva generación del pueblo, le hace entender la imposibilidad de un regreso y comprender que su viaje de vuelta no fue por el mismo camino por el que se marchó. Mientras ve condescendiente cómo Heidi se abraza con su abuelo, el hombre,  se da cuenta que lo viejo y lo nuevo puede convivir.

lunes, 1 de septiembre de 2014

¡AH, QUÉ RICO!


Siente algo raro cuando pasa bajo las sombra de los árboles y de los edificios. Algo así como lo que se siente al contemplar un gusano que penetra por el único orificio de carne de una esfera de hierro. Trenza su lengua y luego la muerde para que no se desate. Mientras camina por la acera, hacia su trabajo, rastrilla sus uñas contra la palma de sus manos. Pero cuando la sombra se acaba, y sigue un claro, con los ojos entreabiertos, como un par de puertas de salida, él deja entrar el resplandor del sol.

Percibe algo invisible. Lo sigue una fuerza que parece hecha de nada. Una figura muy parecida a él lo orbita en silencio, cuando las sombras lo empalidecen. Hay momentos en que sienten esperanza porque sus narices llegan a estar tan cerca que están a punto de chocar. En otras ocasiones, la presencia camina tras de él y mira sus talones que se alejan en la angustia del vacío. Pero cae en cuenta, y se apresura para alcanzarlo. Aún así en las sombras de los árboles o edificios, nunca llegan a unirse.

Pero esto es cuando ya la noche, que hay entre el límite de un claro de luz y otro, acaba. Es ahí, en ese amanecer efímero, cuando, después de caminar sobre y bajo la sombra de un árbol o edificio, aquél que lo acompaña mientras camina por acera hacia su trabajo, y él mismo, desaparecen súbitamente.

Cuando él mira el sol, los dos lo miran, porque son uno solo. Una cosa que viene en el rayo de luz, que no sabe qué es, los une. Dejan de huir el uno del otro y ¡ah! Qué rico se siente. Y algo cambia en ambos, o, algo se completa. Uno le brinda la boca y el otro las palabras. Uno le brinda el cuerpo al otro, y el otro, le brinda eso que hace que ya no contemple al gusano ni la carne que penetra en la esfera de hierro, contemplando así únicamente el sol. Haciendo que sus dientes liberen su lengua que se desenrolla haciendo girar sus alas. Que los estigmas que se abrió con las uñas, se sanen con las caricias de las yemas de sus dedos. Y siguen caminando por la acera. Y la gente que pasa alrededor y los miran, se contagian de la sonrisa que ondean. Suspiran y dicen: ¡ah qué rico!.


Pero, de nuevo, llegan las sombras. Y como si se cortara un hilo en tensión, se separan de nuevo. Pero el que trabaja y el que lo acompaña, a un paso de distancia, miran la copa de los árboles o las antenas de los edificios y ven allí el reflejo del sol. Y esperan, esperan a que un clarito en el camino los vuelva a unir, para decir, al unísono: ¡ah, qué rico!.

domingo, 3 de agosto de 2014

Mr. Lonely

"Aquí, en la nación rota, estamos cansados y llenos de moretones.
Fuimos dejados aquí solos sin nada.
Hemos sido abandonados. 
Somos como el vómito en la puerta de un bar de mala muerte.
Hemos sido relegados al fondo del barril.
Y todos nuestros sentidos de compresión y amor parecen haberse ido para siempre.
Para sobrevivir aquí, tenemos que convertirnos en animales y tenemos que olvidar todo sentido de civilización y de entendimiento.
¿Cómo es posible que una monja pueda volar?
¿Cómo es posible que caiga de un avión y aterrice ilesa?
¿Pero, quiénes somos nosotros para burlarnos de cosas así?
¿Quiénes somos para dudar de tales milagros?
No somos más que vagabundos en la cloaca, aquí en la nación rota.
Pero un poco de fe, puede llevarnos muy, muy lejos."


viernes, 1 de agosto de 2014

Incapacidad

Escucha los pesados pasos que se acercan. “Qué hago, qué hago, qué hago”, dice quitándose las cobijas de encima. Los pasos hacen rechinar las tablas del piso. Bajo éstas, las ratas corretean desesperadas buscando un escondite. “Llévenme” les dice. Y se lanza de la cama al suelo como puede. Cae con el rostro boca abajo. Rasguña las tablas y llora mordiéndose los labios. Le gustaría ser una rata. Y si no puede, al menos le gustaría que lo sacaran de allí sobre sus lomos grises.


Imagen sacada de este blog.



martes, 10 de junio de 2014

-Perdón por lo de anoche.

-No me pida perdón. Qué palabra más fea y comprometedora.

-Pero no estuvo bien lo que hice. Me siento mal.

-Tranquilo. No importa. Usted sabe que me puede traicionar cuando quiera.

lunes, 9 de junio de 2014

Cauchera

Yo nunca pude bajar a un pajarito. No por malo. Siempre me consideré certero. Más bien aprendí a imitar su canto y no a callarlo. Aún así mi amigo Ángel, que era el ducho de la cauchera, cada tanto me invitaba a almorzar azulejos al sartén. Y yo aceptaba. 

La cauchera estaba hecha con el guante de caucho roto que se usaba para lavar. Se trenzaba y se ataba a la lengua del zapato viejo con el que iba a la escuela años atrás. Esta lengua de cuero abrazaba a la piedra. Y se tensaba la goma. Con un ojo cerrado y otro abierto y el dedo gordo como mira, apuntaba y... lanzaba la piedra.

A mí, a diferencia de Ángel, me gustaba era lanzar las piedras al cielo y ver cómo se perdían a lo lejos. Como si fuera, me gusta pensar, un anhelo extraño: una piedra queriendo cambiar su destino, convirtiéndose en ave.

Luego me quedaba quieto y en silencio esperando la respuesta.

Al escuchar la piedra caer, rompiendo las hojas de los platanales como un meteorito, salía en su búsqueda.

Esa piedra desconocida y afortunada, como un pedasito de alma, que había elegido entre muchas otras, que hace un instante estaba volando y que caía en algún lugar al azar entre el monte, al reencontrarla, me producía una dicha maravillosa.