-El tamaño no lo es todo, por cierto -dijo en voz alta a la perra, como si tuviera sospechas de que el animal abrigaba ideas demasiado elevadas-. Puedes creerme, la libertad es más importante que la altura de un cabrio. Yo tengo motivos para saberlo; la mía me costó dieciocho años de esclavitud. El hombre que vive de su propia tierra es un hombre independiente. Es su propio amo. Si logro mantener vivas mis ovejas durante el invierno y pagar todos los años lo convenido... entonces pago lo convenido y he mantenido vivas mis ovejas. No, es la libertad lo que todos buscamos, Titla. El que paga todo lo que necesita es un rey. El que mantiene vivas sus ovejas durante el invierno, vive en un palacio.
lunes, 3 de marzo de 2014
viernes, 28 de febrero de 2014
Deuda de nacimiento
No quiero caer en el discursillo de que el sistema es una
mierda y todo ese boroló, y si parece, perdón. Simplemente quiero exponer mi
caso –en ese estado en el que se pone uno después de la rabia y la impotencia:
la resignación- como autoreflexión.
La llamada deuda pública por persona, que año a año aumenta
en Colombia como en países que se hacen llamar democráticos, y que no ofrecen ninguna elección popular que legitime la libre actividad de los que habitan el
territorio, dice que cada niño que nace está directa e involuntariamente
introducido en el sistema, por una deuda.
Así mismo, del otro lado, están los entes privados o
públicos, ya sean otros países o empresas, que prestan la plata. Que
solidariamente aceptan el papayaso. Los niños afortunados de estos países o
empresarios, que al menos tienen la garantía de no nacer endeudados, tampoco
tienen la culpa de nacer donde nacieron.
De un lado como del otro, los niños son inocentes. Así que, tal vez, el problema se adquiere cuando se empieza a crecer. Comenzamos a untarnos de la melaza de donde nacimos: la familia, sociedad, cultura, religión y todo eso de lo que nos dicen que estamos formados. O, ¿Será genuina nuestra tendencia al endeudamiento? No sé.
De un lado como del otro, los niños son inocentes. Así que, tal vez, el problema se adquiere cuando se empieza a crecer. Comenzamos a untarnos de la melaza de donde nacimos: la familia, sociedad, cultura, religión y todo eso de lo que nos dicen que estamos formados. O, ¿Será genuina nuestra tendencia al endeudamiento? No sé.
De hecho no sé a ciencia cierta nada de lo anterior. Pero si
llegara a ser verdad, creo que es
injusto con nosotros, los que nacemos en países como Colombia.
El niño no tiene derecho a ser ingenuo, al igual que el
adulto no lo tiene a quejarse; eso se castiga. Ya que tiene que dejar de ser
bobo y agarrar peso en esas huevas y pagar la deuda. ¿Pero se cumple ese
no-derecho? ¿Cómo privar algo que es natural en nosotros? ¿No se manifestará
aunque lo neguemos? ¿Cómo pagar la
deuda si se nace sin plata? ¿La solución es pedirle a los de allá que sí nacen
con plata? Esa parece ser la salida ingenua, la boba.
Entonces, papá, la salida es estudiar para tener un trabajo
y poder pagar. Eso si es que puede estudiar sin trabajar o trabajar sin
estudiar. Es así como se entra a la escuela y de esta se pasa al colegio. Y es ahí, en el último año, cuando se
ilusiona de que por fin va a poder hacer lo que le gusta. Mentira. Es ahí
cuando le llega la cita para presentarse al ejército.
Lo meten en un galpón durante todo un día como ganado y le
tocan las pelotas para saber si su carne es apta o no para ir al matadero. Se
cagan del susto. Los separan por grupos. Están los hijos únicos, los que tiene a
cargo a alguien, los que se quieren regalar, los que no, los ausentes, los que
tienen alguna discapacidad física o psicológica (que esa no importa porque se puede arreglar con un mes de entrenamiento), los que van a entrar a la universidad (ya que los que van a entrar a otro
tipo de institutos no valen); y los que se van de curas. Entre todos estos están
los que tienen plata para pagarle al general el favorsito. A los que les tocó los sacan por la puerta de atrás, no hay sea que la viejas esas de sus mamas se pongan a hacer escándalo.
El problema es que el ejército no es un trabajo, es otra
deuda involuntaria.
Cuando la pagas, de un modo u otro, por fin vas a poder ir a
la universidad. Estudiar lo que te gusta. Y pagar de una buena vez por todas; si
es que el hombre no clava, y la mujer se deja clavar, otra deuda.
En países como Colombia, la universidad tiene una gran falencia. No es gratuita, no
es para todos. Hay que presentar un examen para ingresar a los pocos cupos que
ofrecen. Sea la carrera que sea. Desde la que más da plata, como Administración
pública, Contaduría, Ingeniería o Derecho; a las más nobles como la Medicina; hasta las más inútiles como Literatura o Artes
plásticas.
Es así como aparece la responsabilidad y solidaridad de las
universidades privadas. Esas que le dan la mano y se llevan al bruto que no
pudo entrar a la universidad pública pero que tiene algo de platica. Al final
eso es lo que importa.
¿Pero qué pasa con los brutos que no ingresaron a la pública
y que tampoco tienen plata para pagar la privada; y que aún tienen el deseo de
pagar sus deudas?
En países en vía de desarrollo como Colombia se inventaron
la solución: el crédito educativo. -¿En realidad se lo inventaron?- El estado
que quiere que su pueblo estudie y deje de ser bruto le presta la platica, como
debe ser. Pero para que estudie en la privada, ya que no hay cupo en la pública.
Así que usted se pone feliz: “¡Juepúta, entré a la universidad! Ahora sí voy a
ser alguien”.
Le prestan lo del semestre, cada mes le suben los intereses como locos ya que no tiene para pagar a tiempo. Si logra, después, acabar la carrera y deja de ser bruto, el país como es tan bueno, le da un año de gracia en el que no le cobra la mensualidad y, además, le da el doble de tiempo de lo que duró la carrera para pagar la deuda. ¿10, 12 años?
Mierda, pero no consiguió trabajo. Es que con una carrera universitaria, con tanta competencia y regalados, no alcanza. Hay que hacer una especialización. Pero no tiene la plata. Tranquilo, no importa, puede pedir otro crédito al estado. ¿4, 6 años?
Le prestan lo del semestre, cada mes le suben los intereses como locos ya que no tiene para pagar a tiempo. Si logra, después, acabar la carrera y deja de ser bruto, el país como es tan bueno, le da un año de gracia en el que no le cobra la mensualidad y, además, le da el doble de tiempo de lo que duró la carrera para pagar la deuda. ¿10, 12 años?
Mierda, pero no consiguió trabajo. Es que con una carrera universitaria, con tanta competencia y regalados, no alcanza. Hay que hacer una especialización. Pero no tiene la plata. Tranquilo, no importa, puede pedir otro crédito al estado. ¿4, 6 años?
Así crece y trabaja para pagar una deuda interminable. Tiene
una familia, tal vez dos, eso si tiene suerte, y no se pega un tiro antes.
Ya no sabe de quién es esta historia, si la de sus padres,
la suya o la de sus hijos.
lunes, 3 de febrero de 2014
...
De niño mientras caminaba me concentraba en no pisar las líneas del suelo. Ahora de joven lo sigo haciendo, pero me pregunto, sin respuesta alguna, ¿por qué
lo hago?
Tal vez de eso se trate ser niño, y joven.
¿El adulto tendrá la respuesta?
Tal vez de eso se trate ser niño, y joven.
¿El adulto tendrá la respuesta?
domingo, 26 de enero de 2014
Las distancia entre mis ojos y nuca
Las palabras cotidianas se van gastando, como si cada vez
que se pronunciaran fuera un machetazo que acorta la profundidad de su
significado, quedando como cascarones vacíos.
Cada día en el trabajo mi “buenos días ¿qué desea?” -como genio de la panadería- se llena de
significado por el cliente, no por mí.
Es así como me gano el mérito de cordial y bien educado;
facultades con las cuales, el que se siente elogiado, pierde… por eso, porque
viene de la nada. Pero se aceptan como representación solo para ahorrarse
problemas estúpidos.
Andar en aquella vacuidad pincela las ojeras; la distancia
entre mis ojos y nuca es como ir de lo eterno a lo infinito: tanto camina mi
ser con manos en los bolsillos que reza entre susurros, sin parar: “un paso
más, un paso más, un paso más…” que se aleja y da la espalda –mientras sonreímos
falsamente al cliente- queriendo salir por la puerta trasera; y el ser de
nuestras necesidades materiales y el de las espirituales se disocian, dejando
al primero automatizado, como robot. Es esta la clave, dicen, de poder aguantar
el trabajo que no elegiste por gusto.
Pero mi dolor en los pies no los siente una máquina.
Y ese nuevo paso que se da pisa las incipientes estalagmitas
que se clavan en mis talones y crecen como gemelas hasta rasgar todo mi cuerpo
y salir impávidas por mi cráneo, hasta dejarme cuernos, cual presa: es ese el
dolor que aún me mantiene como unidad. Y esos cuernos mi arma.
lunes, 13 de enero de 2014
ANÁBASIS
Siempre fui partidario de
aquellos que aconsejan que uno tiene que viajar por lo menos una vez en su
vida. Lanzarse a lo desconocido; tener un plan y que cada paso que se dé, cada
pueblo, ciudad, lugar que se pise, lo tache y lo reescriba espontanea y continuamente.
Que la ruta hacia nuestro destino sea impredecible. Un viaje es aventura, no
turismo; debe ser la ascensión hacia nosotros mismos; el desafío es aprender a descifrar el
rompecabezas (la vida) con tan solo mirar una ficha suelta (el viaje). Es así como
entiendo que en un viaje se comprime la trama de la vida.
Mi viaje de ida fue con mi amigo Rigby que me había invitado a pasar las fiestas de navidad y año nuevo con su familia en Corrientes; habíamos viajado desde Córdoba haciendo dedo (autostop) con todas las experiencias –siempre nuevas- que conlleva un viaje que en este caso deben ser contadas en otro momento, tal vez escrito, tal vez en una cabaña siendo viejos y borrachos, tal vez nunca dejemos de contarlas, tal vez se los coma el olvido, no sé. Pero ahora solo contaré la vuelta, la hazaña del regreso que hice solo, sin compañía de mi querido amigo.
Un par de días antes de
irme (jueves) le había dicho a Rigby que era increíble cómo la cabeza de uno,
sin ayuda, empezaba a trabajar y organizar todo cuando decidía llevar a cabo
una acción. Como si un histérico gnomo dentro de nosotros empezara a acomodar
desde lo más accesorio a lo más elemental basándose en los posibles y
recibiendo sueldo de la empresa de las expectativas…
La entrega fue la siguiente, así eran mis planes: Preparar unas lentejas (que es el gran alimento de los viajeros, según nosotros) y no gastar dinero en comida por el camino; en las rutas cabe la posibilidad de que quedes varado en pleno desierto y no encuentres nada de comer: mejor llevar y prevenirse el alimento que es lo más importante ya que nuestros cuerpos jóvenes –pensaba- son capaces de resistir sin dormir una noche y poder continuar, como ya ha sucedido en otras ocasiones, pero sin comida resulta imposible.
Me levantaría a las 5am y tomaría un colectivo hasta Resistencia pasando el puente que atraviesa el Paraná: “la serpiente sin ojos” del litoral argentino, y tomar un colectivo en la terminal que me llevaría al primer pueblo afuera de la ciudad por la Ruta Nacional 11, y ahí empezaría a hacer dedo hasta llegar a la ciudad de Santa Fe a 544, 3 km que vendría a ser un poco más de la mitad del trayecto. Mi gnomo interior había calculado que a la noche estaría llegando a Santa Fe (como había sucedido en la ida) y que me tocaría pagar un hostel o lugar económico para pasar la noche y continuar, a la mañana siguiente, el camino hacía Córdoba que estaba a 339,0 km yendo por la por la Ruta Nacional 19. A todas estas, la noche anterior había mirado el pronóstico del tiempo y decía que iba a ser un buen día, con temperaturas más bajas que las que venía habiendo (30°C a 40°C), y la probabilidad de lluvias era baja.
Pero como dije al
principio un viaje es como la vida: impredecible. Puedes prevenirte algunas
cosas ya que puede ser un instinto natural de supervivencia, pero este, sin la
condescendencia y aceptación de lo que vendrá, el capricho, puede llevarte a
una profunda frustración. Y eso fue lo
que me pasó.
Todo venía según los planes: las lentejas estaban listas, me había despertado a la 5am y ya íbamos de camino a tomar el colectivo a Resistencia cuando las nubes densas y grises casi negras, empezaron a flanquear Corrientes y el viento a cachetearnos bruscamente hasta que la lluvia se desató. Tuvimos que escampar en una estación de servicio que estaba fuera de funcionamiento ¿Pueden imaginar dónde quedaron mis expectativas a tan solo unas cuadras de emprender el viaje? Pues si no estaba tocando el fondo de la nada la estaba explorando, como le gusta hacer a Rigby en los días tristes. Mi amigo me había acompañado a tomar el colectivo y ante mi aura de declive y decepción le había tocado silenciarse y alejarse de mí que estaba mirando la lluvia incesante. ¡No podía ser que todo empezara tan mal! Parecía el inicio más fracasado y el final más prematuro, como el aborto.
Así que empecé a rezar
como hacía Kerouac. Empecé a pedir al mundo que dejara de llover, que cesara un
poco, que me ayudara… y ante esta muestra de humildad hacia el universo, Dios mutado
en el rugido de mi amigo que me llamaba,
me decía que venía el colectivo, que era posible a pesar de que no todo salía
como esperaba… que resistiera y me sumergiera y siguiera andando con fuerza, y
nos despedimos rápidamente…
En el colectivo, pasando
el puente, no se veía nada alrededor. Todo estaba gris y escondido ante las
innumerables gotas que caía y hacía inhalar allá abajo a la serpiente, al
Paraná. Al llegar a Resistencia tomé un urbano que me llevó hasta la terminal. Allí pregunté y me dijeron que el próximo colectivo hasta el siguiente pueblo salía dentro de dos horas y que valía 30 pesos, así que decidí caminar, totalmente resignado, a la RN 11 que estaba aproximadamente a seis cuadras. Empecé a hacer dedo bajo la lluvia y luego fui hasta un puente peatonal en el que había un lomo de burro (policía acostado) pues allí los vehículos tenían que frenar y había más posibilidad de que me vieran y me levantaran. Era un buen lugar. Estaba totalmente empapado, no había lugar que se le escapara al agua, el puente no me podía proteger pues el viento era tan fuerte que la lluvia “caía” horizontalmente.
Ya eran las 10 am cuando
mi cabeza empezó a cambiar de planes. El gnomo quería volver y desempacar. Mis
expectativas ahora eran esperar hasta las 12 pm, y que, si no me habían
levantado, comiera y me quedara vagando por la ciudad y regresara a donde mi
amigo con el rabo entre las patas e intentar reanudar al otros día con un mejor
clima.
Temblaba como loco, me
dolía el brazo de mantenerlo elevado. Me sentía como los perritos que estaban
ahí corriendo por la mitad de la ruta, mojado y desorientado, sin saber para
dónde agarrar y con el peligro constante de ser atropellado. Pero como me había
dicho una chica, amiga de Rigby: “Tú usas la risa como método de defensa”. Eso
empecé a hacer, dejé mi yo trágico y
me empecé a volver un mexicano cómico. Hablaba solo, o con los rostros de los
que pasaban... “Dele compadre, levánteme
¡Mire que yo no he hecho nada malo! Comadre, usted con esa cara tan bonita…
recoja a este pobre hombre mojado… ¡ay compadre! ¿No ve que estoy muy solito?”
Y
me reía solo, saltaba, saludaba y daba las gracias desde el que me decía con
sus señas que iba hasta la siguiente curva hasta el que tenía la cara más sería
y amarga. Jugaba en los charcos con los perritos para calentarme los huesos,
para defenderme del mundo. Así el mexicano cómico que me poseyó me salvó por
una hora más hasta que se marchó cansado. Y cuando estuve solo otra vez pasó
una camioneta en sentido contrario y me dijo que nadie me iba a recoger, y en
ese momento le creí ¿Quién iba a querer mojar el sillar de su auto por recoger
a un desconocido en la ruta? y volvió el trágico, pero en el momento en que mi
rostro volvía a mirar las gotas que caían en los charcos, levanté la mano y
paró un auto blanco ¡No podía creerlo! ¡Tan cerca de mi retirada!
En el auto venía Eduardo,
su esposa y sus dos hijitos. Le dije que no quería mojar el asiento pero no le
importó. Me brindaron mate caliente y subieron la calefacción al verme como un
pollo temblequeando, cosa que les agradezco muchísmo. Vivían en Resistencia
pero iban para su pueblo que estaba a 150 km. Yo esperaba agarrar uno que me
llevara directo a Santa Fe pero había que bajar las expectativas, y no podía
desaprovechar este milagro, que ahora que me doy cuenta fue el impulso para un
viaje totalmente exitoso, mejor que el que esperaba. Ahora se me hace muy
difícil acordarme de todo lo que hablamos: política, historia, economía,
comida, etc. Pero recuerdo que me dijo que no iba a parar de llover, que él
conocía muy bien su tierra.
Nos despedimos y me
dejaron en la estación de servicio donde entré al baño. Salí a buscar un lugar
dónde sentarme y poder comer mis lentejas y cuando salí, al instante, vi que
había una grúa que estaba por salir así que me acerqué a la ventana del chofer
que era un hombre de aproximadamente treinta o treinta y cinco años con barba
de roquero y le pregunté que si iba a Santa Fe, que si me podía hacer el favor
de acercarme, y me respondió que sí. No podía creerlo. Parecía que iba a
cumplir mi meta de llegar a la noche a Santa fe. Me subí y él estaba por comerse
un lomito, me preguntó si ya había comido y le dije que no pero que lo
acompañaba con mis lentejas.
Mientras íbamos comiendo (él comía y manejaba al mismo tiempo) le pregunté para dónde iba, y adivinen lo que me respondió… ¡Para CÓRDOBA! Casi escupo la comida de la alegría que me dio. No lo podía creer. Iba para Oncativo, su pueblo que estaba a 70 km de la ciudad ¡SETENTA KILÓMETROS! Le dije que genial, que si me podía llevar, que si no le molestaba… sonrió ante mi alegría y me dijo: “claro, sí”. Fue un trayecto largo, paramos en varias estaciones de servicio donde entré al baño con la única intención de orinar y mirarme al espejo y decir “¡Así me gusta verlo! ¡Sonriente! ¡Con suerte!” Siempre me consideré un tipo con suerte, pero últimamente en la cabeza se me estaba metiendo un pensamiento pesimista que me decía que la suerte se agotaba con los años, pero ahora comprobaba que aún no, que si era así aún me quedaba una gran reserva. Cargamos agua para el mate que fui cebando mientras hablábamos y hablábamos nuevamente de todos los temas posibles. Yo abandoné la universidad académica por esto: ¡Por la famosa universidad de la vida!
Mientras íbamos comiendo (él comía y manejaba al mismo tiempo) le pregunté para dónde iba, y adivinen lo que me respondió… ¡Para CÓRDOBA! Casi escupo la comida de la alegría que me dio. No lo podía creer. Iba para Oncativo, su pueblo que estaba a 70 km de la ciudad ¡SETENTA KILÓMETROS! Le dije que genial, que si me podía llevar, que si no le molestaba… sonrió ante mi alegría y me dijo: “claro, sí”. Fue un trayecto largo, paramos en varias estaciones de servicio donde entré al baño con la única intención de orinar y mirarme al espejo y decir “¡Así me gusta verlo! ¡Sonriente! ¡Con suerte!” Siempre me consideré un tipo con suerte, pero últimamente en la cabeza se me estaba metiendo un pensamiento pesimista que me decía que la suerte se agotaba con los años, pero ahora comprobaba que aún no, que si era así aún me quedaba una gran reserva. Cargamos agua para el mate que fui cebando mientras hablábamos y hablábamos nuevamente de todos los temas posibles. Yo abandoné la universidad académica por esto: ¡Por la famosa universidad de la vida!
Veníamos hablando y haciendo intercambios culturales, históricos, gastronómicos y políticos de nuestros respectivos países. Le dije que en navidad comíamos tamales y ajiaco. Que la gente de la costa era gente muy alegre, podían no tener qué comer pero que siempre tenían el equipo de sonido a todo volumen. Que yo era de los andes y a diferencia de la mayoría del país ahí no hacía calor, y nos decían que vivíamos en la nevera del país. Le expliqué cómo andaba Colombia con todo esto de los tratados de libre comercio que nos estaban volviendo un país consumista, que en la finca de mi papá las guayabas se pudrían bajo el árbol mientras había gente muriéndose de hambre porque le salía más caro ir a vender un guacal que lo que le pagaban por él. Que nos estaban haciendo lo que habían hecho los colonos engañando a los pueblos originarios con espejos. Que el anterior presidente, ése que fue reelecto, fue nefasto, le conté lo de los falsos positivos, las listas negras, que Pablo Escobar no fue ningún Guevara…
Y Mauricio (así se llamaba) me dijo que era similar a la Argentina de Menen cuando fue reelegido y había privatizado todas las empresas nacionales; que había durado solo seis años la prosperidad, que tenían el peso con el mismo valor que el dólar y que todos viajaban a Europa tranquilamente, pero que luego llegó la crisis como es normal ante una solución superficial y efímera. Que su primer gobierno había sido bueno como el de Kishner, que si no hubieran sido reelectos (contando a Cristina como la misma idea: el Kishnerismo) habrían sido ahora más grandes y venerados. Mire esto tan bonito que me dijo: “la política es como el ciclo del agua, si no fluye o se evapora o cambia o se renueva, se estanca y se pudre”. Una enfermedad que él no entendía. Que por eso no estaba de acuerdo con el gobierno actual. Llegamos a la conclusión mutua y totalmente imparcial de que ningún gobierno, ninguna idea, puede perpetuarse por más de un periodo en el poder, y que todo gobierno es bueno si fluye y se va cuando acaba su labor y no se queda estancado y pudriendo el país.
Seguimos andando horas y
horas, kilómetros y kilómetros. El día había abierto y se había vuelto
radiante, soleado, con un viento suave y fresco que acariciando los campos
llenos de vacas, molinos de viento, contenedores de cereales, máquinas enormes
arando…Cantamos canciones de Los Fabulosos Cadilacs, Juanes, Fito Paez, Carlos
Vives, abandonando toda vanidad y disfrutando la ruta mientras el sol se iba
escondiendo al final de esta. El espectáculo de colores que se vive en un
atardecer de verano es indescriptible. Los grupos de aves atravesaban el
horizonte de lado a lado y yo solo pensaba en lo hermoso que era, pensaba que nosotros
nunca podríamos igualar aquella belleza y que a pesar de eso no hay que dejar
de aprender de ella; daba las gracias al mundo por estar más arriba de mis
mortales expectativas, a ese mundo que no
es bello porque el que lo mira es bello sino porque en realidad él lo es, es
inmortalmente superior a nosotros y nosotros somos bellos es por saber
contemplarla y aceptarla tal y como es.
Mauricio me dijo que si
llegábamos a las 11 pm a Oncativo no iban a haber colectivos, pero este amigo
anónimo de la ruta decidió tomar otro camino para llevarme a El Pilar, un
pueblo que quedaba a 40 km de Córdoba Capital donde sí había transporte.
Imagínese qué hombre… llegamos y esperó a que yo me subiera al colectivo y se
marchó a su casa donde su esposa que lo esperaba con sus hijos y una merecida cena.
Me puse los audífonos, me
senté, y miré mis manos por las dos caras y di gracias a mi cuerpo por todo lo
que yo le hacía pasar, le dije que lo quería y que ya tendría su recompensa.
Así que cerré mis ojos y me dormí hasta que recibí una llamada que me
despertó cuando estaba llegando a aquél lago profundo lleno de luces amarillas. Volví a
cerrar los ojos y ahí estaba de nuevo el gnomito que empezaba a fabricar nuevas
expectativas y planes.
viernes, 27 de diciembre de 2013
"... abrir puertas que el interesado quiere..."
"... abrir puertas que el interesado quiere..."
Me viene la imagen de una torre llena de puertas que vendría a ser la vida. Qué cosa incesante, difícil y desconocida que es esa vaina. Vendría a ser un ejemplo palpable que a veces ni yo me las creo; vaya uno a saber si es suerte o destino, quién sabe. No entiendo pero lo agradezco.
Y hablando de familia (cosa complicada estando acá y además de otros detalles) quería compartirte mi perspectiva (resumida) de jovensito: dije lo de unión porque siempre me parecieron ustedes tan lejanos a la rama -por así decirlo- de nuestra familia. Solo tengo un bello recuerdo de unión en aquél cumpleaños mío celebrado simultáneamente con el de mi abuelita, que comimos paella y los vegetarianos comieron pasta... No te imaginas cómo yo los idealicé. Ustedes tan intelectuales, con pasatiempos hermosamente lentos, con palabras pausadas, con autos viejos y anécdotas de ese armario viejo... Aunque aprendí a valorizar esa hermosa infancia que tuve entre el silencio del aromático e inmaculado cafetal situado entre alados platanales (esto solo por alardear de mi infancia que fue tristemente solitaria; cosa que me dio la herramienta para poder soportar y aprovechar esta condición) siempre quise conocer ese mundo suyo, o que yo creía suyo, y dejar de usar las alpargatas y ponerme esos zapatos tan bien embetunados. E intenté seguir su camino, eso sí, medio choneto en comparación. Pero me estrellé contra algo que ya sabía pero que no quería ver. Y te lo comuniqué a ti, que eres alguien que escucha, pero esa vez no respondiste (y tampoco era tu obligación ni mucho menos, y tal vez así debía ser). Trataba sobre todo este asunto, que tantas dudas y horas de angustia me han dado, sobre el futuro, sobre el estudiar en una institución, ya sea universidad o lo que sea que, mejor así, empecé a no promulgar porque era eso, solo eso... un camino más. Y como sabía que tú eras profesor quise escucharte; pero comprendí que no hay nada mejor, que no hay mejor invento y que las mejores soluciones son drásticas y un tanto fantasiosas. Que adoro la educación, aprender y expandir límites, y que no hay un solo camino para ello. Es muy triste esta época por eso (de pronto solo para los que en un origen tenemos carácter débil y en donde la piedra es dura de modelar), que nos hacen creer que solo existe el camino de la academia, que no podemos ser alguien si no estudiamos ¿no te parece cruel? Sé que es una herramienta, pero unos la usan como arma ¿qué más le vamos a pedir a un mundo donde todo se maneja con ofensiva puntería?
Yo aprendo de esto. Yo aprendo de estas conversaciones. Puede que sea un poco tonto, vanidoso o distraído, que crea que solo aprendo cuando me hablan directamente a mí ( y no uno contra todos como en un salón, que es el camino práctico); pero es que considero que hablar "cara a cara" es lo adecuado, lo humano; como el abuelo a su nieto. Y uno de los problemas es que somos muchos y por eso la solución, como dije antes, es fantasiosa, ya entenderás porqué...
No sé qué es lo que tengo en las manos y por lo que lucho, al menos no claramente. No como ese "proyecto de vida" que te ponían a hacer en el colegio; asunto que me parece atroz, que conduce rápidamente a la decepción. Qué lindo sería aprender, más bien, de la mano con surcos de tierra que delata el trabajo que requiere labrar la vida, que a pesar de la plaga abisal, también, en breves instantes, pero con gran altura, descubrimos la fuerza que tiene la vida. Este viaje (que no sé cuándo termine; eso se lo dejo al nombre que le puse a dios: Incierto) me llevó a ese borde del abismo en el que no hay proyectos ni metas; eso sí, siendo aprendiz aún, espontáneamente e intuitivamente, busco dejar lista la tierra para sembrar las semillas.
Perdón por desbocarme un poco en toda esa barrabasada de cosas que dije, parezco el borracho de la tienda de doña Ortencia. Si llegas hasta acá, gracias por aguantar la cantaleta, que es, como dijo un amigo, la máxima expresión del alma.
Me viene la imagen de una torre llena de puertas que vendría a ser la vida. Qué cosa incesante, difícil y desconocida que es esa vaina. Vendría a ser un ejemplo palpable que a veces ni yo me las creo; vaya uno a saber si es suerte o destino, quién sabe. No entiendo pero lo agradezco.
Y hablando de familia (cosa complicada estando acá y además de otros detalles) quería compartirte mi perspectiva (resumida) de jovensito: dije lo de unión porque siempre me parecieron ustedes tan lejanos a la rama -por así decirlo- de nuestra familia. Solo tengo un bello recuerdo de unión en aquél cumpleaños mío celebrado simultáneamente con el de mi abuelita, que comimos paella y los vegetarianos comieron pasta... No te imaginas cómo yo los idealicé. Ustedes tan intelectuales, con pasatiempos hermosamente lentos, con palabras pausadas, con autos viejos y anécdotas de ese armario viejo... Aunque aprendí a valorizar esa hermosa infancia que tuve entre el silencio del aromático e inmaculado cafetal situado entre alados platanales (esto solo por alardear de mi infancia que fue tristemente solitaria; cosa que me dio la herramienta para poder soportar y aprovechar esta condición) siempre quise conocer ese mundo suyo, o que yo creía suyo, y dejar de usar las alpargatas y ponerme esos zapatos tan bien embetunados. E intenté seguir su camino, eso sí, medio choneto en comparación. Pero me estrellé contra algo que ya sabía pero que no quería ver. Y te lo comuniqué a ti, que eres alguien que escucha, pero esa vez no respondiste (y tampoco era tu obligación ni mucho menos, y tal vez así debía ser). Trataba sobre todo este asunto, que tantas dudas y horas de angustia me han dado, sobre el futuro, sobre el estudiar en una institución, ya sea universidad o lo que sea que, mejor así, empecé a no promulgar porque era eso, solo eso... un camino más. Y como sabía que tú eras profesor quise escucharte; pero comprendí que no hay nada mejor, que no hay mejor invento y que las mejores soluciones son drásticas y un tanto fantasiosas. Que adoro la educación, aprender y expandir límites, y que no hay un solo camino para ello. Es muy triste esta época por eso (de pronto solo para los que en un origen tenemos carácter débil y en donde la piedra es dura de modelar), que nos hacen creer que solo existe el camino de la academia, que no podemos ser alguien si no estudiamos ¿no te parece cruel? Sé que es una herramienta, pero unos la usan como arma ¿qué más le vamos a pedir a un mundo donde todo se maneja con ofensiva puntería?
Yo aprendo de esto. Yo aprendo de estas conversaciones. Puede que sea un poco tonto, vanidoso o distraído, que crea que solo aprendo cuando me hablan directamente a mí ( y no uno contra todos como en un salón, que es el camino práctico); pero es que considero que hablar "cara a cara" es lo adecuado, lo humano; como el abuelo a su nieto. Y uno de los problemas es que somos muchos y por eso la solución, como dije antes, es fantasiosa, ya entenderás porqué...
No sé qué es lo que tengo en las manos y por lo que lucho, al menos no claramente. No como ese "proyecto de vida" que te ponían a hacer en el colegio; asunto que me parece atroz, que conduce rápidamente a la decepción. Qué lindo sería aprender, más bien, de la mano con surcos de tierra que delata el trabajo que requiere labrar la vida, que a pesar de la plaga abisal, también, en breves instantes, pero con gran altura, descubrimos la fuerza que tiene la vida. Este viaje (que no sé cuándo termine; eso se lo dejo al nombre que le puse a dios: Incierto) me llevó a ese borde del abismo en el que no hay proyectos ni metas; eso sí, siendo aprendiz aún, espontáneamente e intuitivamente, busco dejar lista la tierra para sembrar las semillas.
Perdón por desbocarme un poco en toda esa barrabasada de cosas que dije, parezco el borracho de la tienda de doña Ortencia. Si llegas hasta acá, gracias por aguantar la cantaleta, que es, como dijo un amigo, la máxima expresión del alma.
domingo, 15 de diciembre de 2013
Dormimos en el día y despertamos en la noche;
pensar y sentir están disociados; el recuerdo aunque esté lejano lo
sentimos próximo; cuando hay silencio no podemos soportarlo y lo
arruinamos con nuestro ruido; cuando hay tiempo seguimos presurosos; tenemos pensamientos tartamudos; pronunciamos confusas palabras como rocas
caídas al abismo interminable ¿será así hasta el final? ¿En el
último instante de vida -la muerte- seguiremos siendo así o
por fin nos encontraremos al unísono? Que este anhelo de silencio
sea solo el puntillo, que la obra no termine, mejor dicho, nunca
empiece. Que creíste como un niño y luego mataste y descuartizaste a dios; que la
tarea era volver a encontrar sus partes y reconstruirlo ¿qué hacer
si no puedes volver a moldear a dios? ¿adónde llegar? Terrible
sentimiento que rechina: el miedo a la nada, allí donde él calló y
donde debes escucharlo. La incertidumbre que pesa, que hace pensar que, tal vez, somos sordos.
| "Camille Monet en su lecho de muerte", de Claude Monet |
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