(Reseña de un relato sin hacer)
Un hombre exiliado que al volver a su lugar de nacimiento, después de 30 años, se da cuenta que el pueblo que habita en su memoria ha sido arrasado por el incesante Tiempo. Pero, una niña simpática que representa la nueva generación del pueblo, le hace entender la imposibilidad de un regreso y comprender que su viaje de vuelta no fue por el mismo camino por el que se marchó. Mientras ve condescendiente cómo Heidi se abraza con su abuelo, el hombre, se da cuenta que lo viejo y lo nuevo puede convivir.
viernes, 3 de octubre de 2014
lunes, 1 de septiembre de 2014
¡AH, QUÉ RICO!
Siente
algo raro cuando pasa bajo las sombra de los árboles y de los
edificios. Algo así como lo que se siente al contemplar un gusano
que penetra por el único orificio de carne de una esfera de hierro.
Trenza su lengua y luego la muerde para que no se desate. Mientras
camina por la acera, hacia su trabajo, rastrilla sus uñas contra la
palma de sus manos. Pero cuando la sombra se acaba, y sigue un claro,
con los ojos entreabiertos, como un par de puertas de salida, él
deja entrar el resplandor del sol.
Percibe
algo invisible. Lo sigue una fuerza que parece hecha de nada. Una
figura muy parecida a él lo orbita en silencio, cuando las sombras
lo empalidecen. Hay momentos en que sienten esperanza porque sus
narices llegan a estar tan cerca que están a punto de chocar. En
otras ocasiones, la presencia camina tras de él y mira sus talones
que se alejan en la angustia del vacío. Pero cae en cuenta, y se
apresura para alcanzarlo. Aún así en las sombras de los árboles o
edificios, nunca llegan a unirse.
Pero
esto es cuando ya la noche, que hay entre el límite de un claro de
luz y otro, acaba. Es ahí, en ese amanecer efímero, cuando, después
de caminar sobre y bajo la sombra de un árbol o edificio, aquél que
lo acompaña mientras camina por acera hacia su trabajo, y él mismo,
desaparecen súbitamente.
Cuando
él mira el sol, los dos lo miran, porque son uno solo. Una cosa que
viene en el rayo de luz, que no sabe qué es, los une. Dejan de huir
el uno del otro y ¡ah! Qué rico se siente. Y algo cambia en ambos,
o, algo se completa. Uno le brinda la boca y el otro las palabras.
Uno le brinda el cuerpo al otro, y el otro, le brinda eso que hace
que ya no contemple al gusano ni la carne que penetra en la esfera de
hierro, contemplando así únicamente el sol. Haciendo que sus
dientes liberen su lengua que se desenrolla haciendo girar sus alas.
Que los estigmas que se abrió con las uñas, se sanen con las
caricias de las yemas de sus dedos. Y siguen caminando por la acera.
Y la gente que pasa alrededor y los miran, se contagian de la sonrisa
que ondean. Suspiran y dicen: ¡ah qué rico!.
Pero,
de nuevo, llegan las sombras. Y como si se cortara un hilo en
tensión, se separan de nuevo. Pero el que trabaja y el que lo
acompaña, a un paso de distancia, miran la copa de los árboles o
las antenas de los edificios y ven allí el reflejo del sol. Y
esperan, esperan a que un clarito en el camino los vuelva a unir,
para decir, al unísono: ¡ah, qué rico!.
domingo, 3 de agosto de 2014
Mr. Lonely
"Aquí, en la nación rota, estamos cansados y llenos de moretones.
Fuimos dejados aquí solos sin nada.
Hemos sido abandonados.
Somos como el vómito en la puerta de un bar de mala muerte.
Hemos sido relegados al fondo del barril.
Y todos nuestros sentidos de compresión y amor parecen haberse ido para siempre.
Para sobrevivir aquí, tenemos que convertirnos en animales y tenemos que olvidar todo sentido de civilización y de entendimiento.
¿Cómo es posible que una monja pueda volar?
¿Cómo es posible que caiga de un avión y aterrice ilesa?
¿Pero, quiénes somos nosotros para burlarnos de cosas así?
¿Quiénes somos para dudar de tales milagros?
No somos más que vagabundos en la cloaca, aquí en la nación rota.
Pero un poco de fe, puede llevarnos muy, muy lejos."
Fuimos dejados aquí solos sin nada.
Hemos sido abandonados.
Somos como el vómito en la puerta de un bar de mala muerte.
Hemos sido relegados al fondo del barril.
Y todos nuestros sentidos de compresión y amor parecen haberse ido para siempre.
Para sobrevivir aquí, tenemos que convertirnos en animales y tenemos que olvidar todo sentido de civilización y de entendimiento.
¿Cómo es posible que una monja pueda volar?
¿Cómo es posible que caiga de un avión y aterrice ilesa?
¿Pero, quiénes somos nosotros para burlarnos de cosas así?
¿Quiénes somos para dudar de tales milagros?
No somos más que vagabundos en la cloaca, aquí en la nación rota.
Pero un poco de fe, puede llevarnos muy, muy lejos."
viernes, 1 de agosto de 2014
Incapacidad
Escucha los pesados pasos que se acercan. “Qué
hago, qué hago, qué hago”, dice quitándose las cobijas de encima. Los pasos
hacen rechinar las tablas del piso. Bajo éstas, las ratas corretean
desesperadas buscando un escondite. “Llévenme” les dice. Y se lanza
de la cama al suelo como puede. Cae con el rostro boca abajo. Rasguña las
tablas y llora mordiéndose los labios. Le gustaría ser una rata. Y si no puede, al menos le gustaría que lo sacaran de allí sobre sus lomos grises.
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| Imagen sacada de este blog. |
martes, 10 de junio de 2014
lunes, 9 de junio de 2014
Cauchera
Yo
nunca pude bajar a un pajarito. No por malo. Siempre me consideré certero. Más bien aprendí a imitar su canto y no a callarlo. Aún así mi amigo Ángel, que era el ducho de la cauchera, cada tanto me invitaba a almorzar azulejos al sartén. Y yo aceptaba.
La cauchera estaba hecha con el guante de caucho roto que se usaba para lavar. Se trenzaba y se ataba a la lengua del zapato viejo con el que iba a la escuela años atrás. Esta lengua de cuero abrazaba a la piedra. Y se tensaba la goma. Con un ojo cerrado y otro abierto y el dedo gordo como mira, apuntaba y... lanzaba la piedra.
La cauchera estaba hecha con el guante de caucho roto que se usaba para lavar. Se trenzaba y se ataba a la lengua del zapato viejo con el que iba a la escuela años atrás. Esta lengua de cuero abrazaba a la piedra. Y se tensaba la goma. Con un ojo cerrado y otro abierto y el dedo gordo como mira, apuntaba y... lanzaba la piedra.
A mí, a diferencia de Ángel, me gustaba era lanzar las piedras al cielo y ver cómo se perdían
a lo lejos. Como si fuera, me gusta pensar, un anhelo extraño: una piedra queriendo cambiar su destino, convirtiéndose en ave.
Luego
me quedaba quieto y en silencio esperando la respuesta.
Al
escuchar la piedra caer, rompiendo las hojas de los platanales como un
meteorito, salía en su búsqueda.
Esa
piedra desconocida y afortunada, como un pedasito de alma, que había elegido entre muchas otras, que hace
un instante estaba volando y que caía en algún lugar al azar entre
el monte, al reencontrarla, me producía una dicha maravillosa.
martes, 20 de mayo de 2014
Bep, bep, bep, beeeeeep
Lo
desatornilló pensando que en aquél huequito iba a encontrar aceite
para ensuciarse las uñas. Pero lo que se encontró fue el regaño de
su madre.
El
tornillo era de la máquina que mantenía con vida a su abuelo. Su
abuelo estaba en coma y necesitaba de aquél aparato para
respirar.
Su
madre, al ver tal escena, agarró al inocente niño de los pelos y lo
lanzó contra la puerta. Él sintió cómo volaba de un lado al otro
de la habitación. Sin embargo, su vuelo se vio interrumpido por el golpe, y
el dolor en su espalda que este le causó.
Se enojó con su madre porque siempre estaba pendiente del abuelo y
no de él. Vio cómo ella con desesperación intentaba poner de nuevo
el tornillo en su lugar.
Le
dio risa, pero la calló mordiéndose los labios.
Recordó
que su amigo Hugo lo esperaba afuera para jugar; quería contarle
todo lo sucedido.
Se
levantó y abrió la puerta. Mientras caminaba, se dio cuenta de que
tenía una manchita negra de aceite en la punta de sus dedos. Se los
metió en la boca con alegre curiosidad mientras escuchaba a su madre
lamentarse y llorar.
El
rítmico y monótono “bep, bep, bep”, que producía el monitor cardíaco de
su abuelo, se había transformado en un molesto, agudo y
continuo "beeeeeep".
Creía
que a su madre le dolían los oídos.
| Baby grace, por Ezequiel García. http://www.creciendoenpublico.com.ar/content/obras.php |
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