"... abrir puertas que el interesado quiere..."
Me viene la imagen de una torre llena de puertas que vendría a ser la vida. Qué cosa incesante, difícil y desconocida que es esa vaina. Vendría a ser un ejemplo palpable que a veces ni yo me las creo; vaya uno a saber si es suerte o destino, quién sabe. No entiendo pero lo agradezco.
Y hablando de familia (cosa complicada estando acá y además de otros detalles) quería compartirte mi perspectiva (resumida) de jovensito: dije lo de unión porque siempre me parecieron ustedes tan lejanos a la rama -por así decirlo- de nuestra familia. Solo tengo un bello recuerdo de unión en aquél cumpleaños mío celebrado simultáneamente con el de mi abuelita, que comimos paella y los vegetarianos comieron pasta... No te imaginas cómo yo los idealicé. Ustedes tan intelectuales, con pasatiempos hermosamente lentos, con palabras pausadas, con autos viejos y anécdotas de ese armario viejo... Aunque aprendí a valorizar esa hermosa infancia que tuve entre el silencio del aromático e inmaculado cafetal situado entre alados platanales (esto solo por alardear de mi infancia que fue tristemente solitaria; cosa que me dio la herramienta para poder soportar y aprovechar esta condición) siempre quise conocer ese mundo suyo, o que yo creía suyo, y dejar de usar las alpargatas y ponerme esos zapatos tan bien embetunados. E intenté seguir su camino, eso sí, medio choneto en comparación. Pero me estrellé contra algo que ya sabía pero que no quería ver. Y te lo comuniqué a ti, que eres alguien que escucha, pero esa vez no respondiste (y tampoco era tu obligación ni mucho menos, y tal vez así debía ser). Trataba sobre todo este asunto, que tantas dudas y horas de angustia me han dado, sobre el futuro, sobre el estudiar en una institución, ya sea universidad o lo que sea que, mejor así, empecé a no promulgar porque era eso, solo eso... un camino más. Y como sabía que tú eras profesor quise escucharte; pero comprendí que no hay nada mejor, que no hay mejor invento y que las mejores soluciones son drásticas y un tanto fantasiosas. Que adoro la educación, aprender y expandir límites, y que no hay un solo camino para ello. Es muy triste esta época por eso (de pronto solo para los que en un origen tenemos carácter débil y en donde la piedra es dura de modelar), que nos hacen creer que solo existe el camino de la academia, que no podemos ser alguien si no estudiamos ¿no te parece cruel? Sé que es una herramienta, pero unos la usan como arma ¿qué más le vamos a pedir a un mundo donde todo se maneja con ofensiva puntería?
Yo aprendo de esto. Yo aprendo de estas conversaciones. Puede que sea un poco tonto, vanidoso o distraído, que crea que solo aprendo cuando me hablan directamente a mí ( y no uno contra todos como en un salón, que es el camino práctico); pero es que considero que hablar "cara a cara" es lo adecuado, lo humano; como el abuelo a su nieto. Y uno de los problemas es que somos muchos y por eso la solución, como dije antes, es fantasiosa, ya entenderás porqué...
No sé qué es lo que tengo en las manos y por lo que lucho, al menos no claramente. No como ese "proyecto de vida" que te ponían a hacer en el colegio; asunto que me parece atroz, que conduce rápidamente a la decepción. Qué lindo sería aprender, más bien, de la mano con surcos de tierra que delata el trabajo que requiere labrar la vida, que a pesar de la plaga abisal, también, en breves instantes, pero con gran altura, descubrimos la fuerza que tiene la vida. Este viaje (que no sé cuándo termine; eso se lo dejo al nombre que le puse a dios: Incierto) me llevó a ese borde del abismo en el que no hay proyectos ni metas; eso sí, siendo aprendiz aún, espontáneamente e intuitivamente, busco dejar lista la tierra para sembrar las semillas.
Perdón por desbocarme un poco en toda esa barrabasada de cosas que dije, parezco el borracho de la tienda de doña Ortencia. Si llegas hasta acá, gracias por aguantar la cantaleta, que es, como dijo un amigo, la máxima expresión del alma.
viernes, 27 de diciembre de 2013
domingo, 15 de diciembre de 2013
Dormimos en el día y despertamos en la noche;
pensar y sentir están disociados; el recuerdo aunque esté lejano lo
sentimos próximo; cuando hay silencio no podemos soportarlo y lo
arruinamos con nuestro ruido; cuando hay tiempo seguimos presurosos; tenemos pensamientos tartamudos; pronunciamos confusas palabras como rocas
caídas al abismo interminable ¿será así hasta el final? ¿En el
último instante de vida -la muerte- seguiremos siendo así o
por fin nos encontraremos al unísono? Que este anhelo de silencio
sea solo el puntillo, que la obra no termine, mejor dicho, nunca
empiece. Que creíste como un niño y luego mataste y descuartizaste a dios; que la
tarea era volver a encontrar sus partes y reconstruirlo ¿qué hacer
si no puedes volver a moldear a dios? ¿adónde llegar? Terrible
sentimiento que rechina: el miedo a la nada, allí donde él calló y
donde debes escucharlo. La incertidumbre que pesa, que hace pensar que, tal vez, somos sordos.
| "Camille Monet en su lecho de muerte", de Claude Monet |
lunes, 2 de diciembre de 2013
Mi
vida se ha vuelto como una planta carnívora, dónde, sin quererlo, y
dado a la Naturaleza inevitable, llegan las moscas a revolotear
atraídas por mi secreto. Llegan como las deudas que ya han estado en
otro bollo, matutino, de mierda.
Desde el nacimiento vienen revoloteando su parda negrura y pegándose -¡Tantas que no sé cuántas más podrían llegar!- a mi verdor.
Desde el nacimiento vienen revoloteando su parda negrura y pegándose -¡Tantas que no sé cuántas más podrían llegar!- a mi verdor.
Mis
raíces, tallo y hojas que alguna vez gozaron de la ternura
traslúcida se van perdiendo tras una costra de moscas muertas. Tanto
es el miedo -dictador de mis pasiones- de desintegrarme, de caer como
polvo en el interior de esta armadura pútrida, y que mi presencia en
el mundo sea remplazada por este cascaron. Que el aroma de mi
oportunidad, la primavera, sea contaminado con el fétido olor de la
putrefacción. ¿Cómo entregar mi causa a tan cruel empresa de la
Naturaleza incorregible? …
Mi
voluntad. Solo sé de ella que es débil cuando ya ha perdido su
intención. Solo ahí me doy cuenta que mi libertad de ser se la
comió el gusano. En ese instante de imposibilidad me doy cuenta que
me he entregado. ¿Cómo conservar la voluntad, -yo, una planta
maldita por la Naturaleza- mientras espero el momento de gloria si
estas asquerosas moscas no dejan de distraerme con su molesto y
caótico vuelo, impidiéndome llegar a mi más grande anhelo: el sol?
Cómo
decirle a los gusanos que aún no. Las mentiras al sol son en vano.
Callar a la luna es mentirle. ¡No hay belleza! ¡No habrán flores,
y sin ellas, no habrá primavera! … morirá la tradición de la
Naturaleza... ¡Imposible!
Moscas
de rapiña. Moscas embusteras, hediondas... (cualquiera pensará qué
ese es mi olor) mi tallo es el sin derecho a encorvarse; mis hojas
son las esqueléticas y huérfanas; mis raíces son las mutiladas por
sus crías, campeones de la existencia (los gusanos). Les digo:
¡Gracias!
Su
perversa y odiosa tarea será la carnada de mi verdadera gloria.
Serán
ustedes las que harán majestuoso el brotar de mi voluntad.
Triunfante entre mi desdicha, que son ustedes especies inmundas pero
necesarias para el jardín que florece, para la primavera tardía,
para los brotes que se abren y siembran la tierra.
viernes, 1 de noviembre de 2013
El Nombre De Dios.
En
la euforia de mis primeros alegres vinos y el baile, ella sacó una
carta y dio muerte a su libro. Como epitafio, en su primera página,
escribió: “Para que aprenda y no sea predecible”. De ahí en
adelante yo empecé a andar, batiéndome en un camino incesante que
hasta ahora empezaba con aquél ataúd bajo el brazo.
En
el viaje el paisaje se hizo más llano. Los zapatos se rompieron. Y
la visión se empezó a velar hasta la nada. El eterno horizonte
desapareció y caí de rodillas... dios ya no existía: había
extraviado su nombre.
¿Dónde
pescar un nombre para él sin el horizonte?
El
horizonte está -escuché- solo que tu no lo ves. Elevé mi mirada
esperanzado, pero seguía la tiniebla. Corre el velo -volvió a
decir-
¿Qué
velo? Si lo que hay acá no es un velo, es la vida eterna: la
tiniebla perpetua.
Recordé
el libro. Sin verlo pasé sus hojas como las aspas de un molino y
sentí su brisa que susurraba: “Para que aprenda y no sea
predecible”. -Vaya y busque su propia muerte, no haga lo que hacen
los otros: querer ser inmortales.
Empecé
a imaginar que corría un velo tras otro con mis manos, como si cada
movimiento fuera un hechizo que creaba sin cesar. Creé un horizonte
que iba directo a mi tumba. Y Dios tenía nombre, siempre lo tuvo,
solo que no lo vi. Me dio su mano y marchamos descalzos. Su nombre
era Impredecible: aquél que no tiene límite.
| Caspar Friedrich-La esposa antes del amanecer. |
viernes, 25 de octubre de 2013
Que día en Córdoba
Salí a caminar por
las calles de Córdoba, pero no estaba ahí. En realidad estaba, por
su humedad y lluvia, en mi pueblo, de donde soy, de donde mi madre me
parió. Caminaba y extrañamente las mujeres me parecían hermosas,
¡qué va! Los chicos también. Iba con dos buzos y una chaqueta de
frío polar (como les dicen acá) y en camino me puse la bufanda
negra que me tapaba la boca y nariz, cosa que los transeúntes solo
veían mis ojos que por instantes se eternizaban en el horizonte como
viendo sin ver; aunque también a algunos pocos los miré, en el
fondo pidiendo auxilio, no les miento.
Tenía un libro en mi mochila: la mochila regalada por mi chica que no fue mía sino de él. Pero bueno, ahora me acompaña. Agarré hacia arriba como por instinto montañero y llegué al Buen Pastor: una galería con agua, restaurante, venta de artículos en cueros argentinos y no sé qué más. ¡Ah! sí, en la dictadura militar fue una cárcel de mujeres. Ahí fui a parar. Caminaba por los balcones donde habían sillas, niños, fotos de músicos nacionales y parejas besándose y parejas besándose y más parejas besándose. Yo miraba sus labios de reojo. Imperceptible y ligero caminaba. Y ellos, solamente veían mis ojos. ¿Qué color verían? ¿Qué verían tras mis ojos? Me imagino cualquier bestialidad. Sigamos. Adelante, al lado de una silla en donde había una chica sentada en piernas de su chico (besándose) había otra silla, solitaria como yo, pero ella estaba vacía. Ahí fui a dar. Me senté con las piernas congeladas y los mocos acuosos. Estaba en una esquina y en la pared del lado un cajero electrónico. Miré la lluvia cómo caía, bajé mi mirada y dio contra el libro que ya estaba abierto en mis manos. Lo acabé. Pero antes tuve que ver tanta gente hacer fila para sacar dinero, que, intuitivamente, me di cuenta que eran más mujeres que hombres. Bueno, pero no quiero detenerme en detalles. Después de acabar el libro con un final lindísimo para lo que de mi país se puede esperar. Digo lindísimo por la honestidad del escrito o algo así, porque no sé bien que significa esa palabra.
Me llamó una amiga, sí, me acuerdo, me dijo que si iba a la facultad (de letras, “lo que estudio”) y le dije que no porque estaba leyendo, luego me intentó invadir ese maldito, hijuepúta, sentimiento de culpa, pero le gané -¡Timshal!- Le dije “si me aburro voy”. Solo, andariego, medio raro y todo, pero no fui.
Había visto en internet que a las seis de la tarde iban a dar una película en el cineclub, pero se me había hecho tarde por acabar el libro y dejarlo nuevamente en la biblioteca. Pero igual, seguí guiándome por el desgano. Porque antes de que me llamaran juraba que se me había quedado el celular en la residencia y no me devolví, no quería llamadas ni nada, entonces no sabía la hora. Al final ahí apareció: supe que era tarde para la película. Aun así me fui para el cineclub.
Llegué y había gente, a ninguno lo miré a los ojos. Compré la boleta y entré directo, eran las 6:30 y la película me había estado esperando, sí, esperaba que yo acabara el libro. Ahora que llegué al sur, bajo la cruz del sur, me dio por leer lo que nunca había querido: literatura Colombiana. Ver lo que nunca vi de mi tierra o al menos entender lo que había visto o mirado. Lo que pasó por mis ojos, pero no por mi conciencia, pero que estaba ahí metido, clavado, incrustado en mi sagrado corazón.
La película, ahora que estoy escribiendo, después de una conversación de paz en Colombia con un empanadero y cinco empanadas, me doy cuenta que la de berenjena fue la mejor. La película era de adolescentes niuyorquínos. No me interesan ustedes y sus estúpidas películas con sexo y amores. No quiero ver eso ahora que no tengo que comer, menos cuando tenga. Pero en el fondo quiero verlo, por eso, porque no lo tengo, pero después me siento el más idiota. Mejor me callo.
Tenía un libro en mi mochila: la mochila regalada por mi chica que no fue mía sino de él. Pero bueno, ahora me acompaña. Agarré hacia arriba como por instinto montañero y llegué al Buen Pastor: una galería con agua, restaurante, venta de artículos en cueros argentinos y no sé qué más. ¡Ah! sí, en la dictadura militar fue una cárcel de mujeres. Ahí fui a parar. Caminaba por los balcones donde habían sillas, niños, fotos de músicos nacionales y parejas besándose y parejas besándose y más parejas besándose. Yo miraba sus labios de reojo. Imperceptible y ligero caminaba. Y ellos, solamente veían mis ojos. ¿Qué color verían? ¿Qué verían tras mis ojos? Me imagino cualquier bestialidad. Sigamos. Adelante, al lado de una silla en donde había una chica sentada en piernas de su chico (besándose) había otra silla, solitaria como yo, pero ella estaba vacía. Ahí fui a dar. Me senté con las piernas congeladas y los mocos acuosos. Estaba en una esquina y en la pared del lado un cajero electrónico. Miré la lluvia cómo caía, bajé mi mirada y dio contra el libro que ya estaba abierto en mis manos. Lo acabé. Pero antes tuve que ver tanta gente hacer fila para sacar dinero, que, intuitivamente, me di cuenta que eran más mujeres que hombres. Bueno, pero no quiero detenerme en detalles. Después de acabar el libro con un final lindísimo para lo que de mi país se puede esperar. Digo lindísimo por la honestidad del escrito o algo así, porque no sé bien que significa esa palabra.
Me llamó una amiga, sí, me acuerdo, me dijo que si iba a la facultad (de letras, “lo que estudio”) y le dije que no porque estaba leyendo, luego me intentó invadir ese maldito, hijuepúta, sentimiento de culpa, pero le gané -¡Timshal!- Le dije “si me aburro voy”. Solo, andariego, medio raro y todo, pero no fui.
Había visto en internet que a las seis de la tarde iban a dar una película en el cineclub, pero se me había hecho tarde por acabar el libro y dejarlo nuevamente en la biblioteca. Pero igual, seguí guiándome por el desgano. Porque antes de que me llamaran juraba que se me había quedado el celular en la residencia y no me devolví, no quería llamadas ni nada, entonces no sabía la hora. Al final ahí apareció: supe que era tarde para la película. Aun así me fui para el cineclub.
Llegué y había gente, a ninguno lo miré a los ojos. Compré la boleta y entré directo, eran las 6:30 y la película me había estado esperando, sí, esperaba que yo acabara el libro. Ahora que llegué al sur, bajo la cruz del sur, me dio por leer lo que nunca había querido: literatura Colombiana. Ver lo que nunca vi de mi tierra o al menos entender lo que había visto o mirado. Lo que pasó por mis ojos, pero no por mi conciencia, pero que estaba ahí metido, clavado, incrustado en mi sagrado corazón.
La película, ahora que estoy escribiendo, después de una conversación de paz en Colombia con un empanadero y cinco empanadas, me doy cuenta que la de berenjena fue la mejor. La película era de adolescentes niuyorquínos. No me interesan ustedes y sus estúpidas películas con sexo y amores. No quiero ver eso ahora que no tengo que comer, menos cuando tenga. Pero en el fondo quiero verlo, por eso, porque no lo tengo, pero después me siento el más idiota. Mejor me callo.
viernes, 18 de octubre de 2013
Onicofágia
Te había perdido o te habías desaparecido. Y el gentío seguía caminando apresurado por la acera. Los buses y autos seguía esperando en el semáforo y luego continuaban su marcha a bocinazos. El niño lloraba. Las palomas revoloteaban. Los edificios ensombrecían. El perro orinaba. El periódico volaba. Nadie se daba cuenta que habías desaparecido... "¿¡Dónde estás!?" -Gritaba-.
¡Ya sé!-dije- Creo que te escucho. A ver... Sí, te escucho ahí adentro ¡En mis dedos! Lo mejor será escavar ¡Espérame! Llegaré hasta ti ¿me oyes? Te desenterraré.
domingo, 6 de octubre de 2013
¡Todas las aves a tierra!
En un viaje (considerando que toda experiencia lo es) he querido que lo aprendido: las aves, dejen de volar en ese cielo ideal en el que se forma una experiencia, para que esta no se vuelva un fin, un camino predecible y fijo de nuestra vida. He querido que las aves no se pierdan en el sublime horizonte como un sueño diluido. He querido llamar su atención (despertar su rebeldía) hacia la tierra, abajo de los árboles, para que conozcan el territorio de su cazador; que no es más que un basto suelo de conocimiento; que se recorre con pasos torpes, y se guarda la posibilidad de volar.
En
una fiesta de mierda, hecha con el propósito de recaudar fondos para
un congreso de lengua y literatura que se haría en Mar del Plata, me
volví a encontrar con las dos estudiantes de último año de
Literatura que dirigieron el curso de ingreso el año en que llegué
a este país. Al principio me causó mucha euforia y felicidad
verlas, no sé si por mi estado alterado en ese momento por el
alcohol y demás, o porque en la “realidad” me alegraba verlas.
Una de ellas empezó, entonada también, a decirle a una de sus
amigas que yo era uno de los mejores del ingreso de aquél año, que
mi escritura en aquél análisis del cuento de J.Rulfo era
“especial”. Yo intentaba callarla, le decía que no me dijera eso
(seguro pensaría que lo hacía por modestia, pero no) que yo ya
había desertado de la carrera…
Sus
caras se fundieron en la desilusión a la que ya me he venido
acostumbrando. Me preguntaron por qué, yo les dije que ya no juzgaba
a la academia; que después de debatir durante mucho tiempo con ella
había llegado a la conclusión de que ella es ella y yo soy yo, que
somos incompatibles, así que yo la dejo ser (sabiendo que no hay
nada mejor), para poder ser yo (si es que eso es posible).
Una de ellas me respondió –mientras la otra me fustigaba con su mirada de profesora que detrás de su silencio y su aparente escuchar, esconde la censura- que me entendía, que ella había llegado a algo similar pero ya acabando la carrera. Choqué mis manos con ella y le dije que así era mejor, luego me arrepentí, y me fui al otro lado de la balanza y, replanteando lo dicho, levanté mi sospecha y le expresé que no sabía en realidad si era mejor… Escuchaba atenta mis palabras, mientras la otra movía lentamente su cabeza negando. Seguro pensando que no me daba cuenta…- que aunque no quiero a la academia, tampoco la termino de reprobar porque sé que todos somos víctimas de ella: yo, ellas, y los profesores que con el pie metido en el barro no saben qué más hacer sino es meterlo más adentro del pozo. ¡Todos somos víctimas de la academia! -Les decía- Pero hay unos que somos más vulnerables que otros. Y, como por compasión, les dije que yo era más vulnerable. Pero bueno, ya me iba y terminé por decirles en ese momento que estábamos con los otros chicos en la esquina, que hay estaba mi amigo. ¡El que iba a ser el decano de la facultad!
Una de ellas me respondió –mientras la otra me fustigaba con su mirada de profesora que detrás de su silencio y su aparente escuchar, esconde la censura- que me entendía, que ella había llegado a algo similar pero ya acabando la carrera. Choqué mis manos con ella y le dije que así era mejor, luego me arrepentí, y me fui al otro lado de la balanza y, replanteando lo dicho, levanté mi sospecha y le expresé que no sabía en realidad si era mejor… Escuchaba atenta mis palabras, mientras la otra movía lentamente su cabeza negando. Seguro pensando que no me daba cuenta…- que aunque no quiero a la academia, tampoco la termino de reprobar porque sé que todos somos víctimas de ella: yo, ellas, y los profesores que con el pie metido en el barro no saben qué más hacer sino es meterlo más adentro del pozo. ¡Todos somos víctimas de la academia! -Les decía- Pero hay unos que somos más vulnerables que otros. Y, como por compasión, les dije que yo era más vulnerable. Pero bueno, ya me iba y terminé por decirles en ese momento que estábamos con los otros chicos en la esquina, que hay estaba mi amigo. ¡El que iba a ser el decano de la facultad!
…
Le
dije a mi amigo, saltando de la alegría, que había estado con las
chicas que nos habían hecho el ingreso, que estaba feliz por la
conversación que habíamos tenido. Le conté lo sucedido. Me cuesta
mucho recordar lo que expresó, pero era algo cercano a lo siguiente:
me dijo que la gente como yo éramos como cenizas: nos desvanecíamos
en el aire. Sabes por qué- le respondí- porque le echamos mucha
leña al fuego de nuestras vidas, talamos todo el bosque dado para
vivir porque no soportamos que todo esté tan oscuro. Que a la gente
como yo –continuó- era a la que todos los estudiantes de letras
terminaban leyendo, analizando. Que en el instante no se dan cuenta,
pero que más adelante se van a acordar, que somos los que tatuamos
nuestra alma –usando nuestro cuerpo como tinta- en el mundo para
que luego el recuerdo sea más duradero. Le decía que no me
importaba, y aún ahora me cuesta escribir lo que él decía al igual
que me costó oírlo, porque yo no sé si me sienta tan así. Y si es
así, es una sentencia en la que prefiero estar con los ojos vendados
mientras baja la guillotina. Eso sí, taparme los oídos se me fue
prohibido al igual que el tacto.
En ese instante, irrumpiendo, llegaron las dos chicas. Rápido le susurré a mi amigo: ¿por qué habrán venido exactamente en este instante…? No sé –me respondió- ya veremos…
Se dieron los saludos correspondientes. Nos preguntaron que si íbamos a ir al congreso, mi amigo respondió que tal vez, y yo les dije -airado aún por la conversación anterior- que si iba… ¡Iría por conocer por segunda vez el mar! A lo que recibí como respuesta la reprobación fija en su mirada cargada de fastidio hacia un borracho que no sabe lo que dice, pero... ¡Estudiantes de literatura! ¿¡Qué les pasa!? ¿No son los versos nacidos del mar los que ustedes analizan y estudian? ¿No son ustedes los que estudian y entienden esto? ¿Son ustedes hijos del mar o de un salón?... ¿Cómo perdieron el recuerdo del cálido y fraternal abrazo que brinda el mar?
La verdad que no lo sé. Solo soy un vago.
No me acuerdo que más se habló, solo se fueron perdiendo entre la multitud que bailaba bajo los láseres, el humo, la cerveza, la música… ¿Ahora sabes por qué vinieron? – Sí, ahora lo sabemos- le respondí a mi amigo. Le dije que él iba a ser el decano de esa universidad. Y espero que sea así… Esa es mi sentencia: el eco de su deseo.
En ese instante, irrumpiendo, llegaron las dos chicas. Rápido le susurré a mi amigo: ¿por qué habrán venido exactamente en este instante…? No sé –me respondió- ya veremos…
Se dieron los saludos correspondientes. Nos preguntaron que si íbamos a ir al congreso, mi amigo respondió que tal vez, y yo les dije -airado aún por la conversación anterior- que si iba… ¡Iría por conocer por segunda vez el mar! A lo que recibí como respuesta la reprobación fija en su mirada cargada de fastidio hacia un borracho que no sabe lo que dice, pero... ¡Estudiantes de literatura! ¿¡Qué les pasa!? ¿No son los versos nacidos del mar los que ustedes analizan y estudian? ¿No son ustedes los que estudian y entienden esto? ¿Son ustedes hijos del mar o de un salón?... ¿Cómo perdieron el recuerdo del cálido y fraternal abrazo que brinda el mar?
La verdad que no lo sé. Solo soy un vago.
No me acuerdo que más se habló, solo se fueron perdiendo entre la multitud que bailaba bajo los láseres, el humo, la cerveza, la música… ¿Ahora sabes por qué vinieron? – Sí, ahora lo sabemos- le respondí a mi amigo. Le dije que él iba a ser el decano de esa universidad. Y espero que sea así… Esa es mi sentencia: el eco de su deseo.
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