lunes, 5 de agosto de 2013

“El pecado sobre la tierra está muy avanzado”. Dijo el trío de sabios de la plaza de mi pueblo.

viernes, 2 de agosto de 2013

Manada

Sabía que en mi alma, que es tan animal, existían ciervos, aves, insectos, lagartos, tortugas, osos, serpientes, leopardos, medusas, tiburones... era la más diversa manada que se desbocaba cuesta abajo de mi alma, que estallaba en muchos rayos de luz sobre el mundo dándole forma a las nubes, y, así, mi alma era la fauna del cielo. Comprendí que lo que más temía era lo que más quería hacer: zambullirme en aquel lago espejo del cielo azul.



Neuquén, Argentina

miércoles, 17 de octubre de 2012

Humedal



A  sesenta kilómetros de la ciudad de Bogotá, en la sabana, se encontraban las montañas que bordeaban el valle por donde corría un río rodeado de sauces. A poca distancia de éste, había un humedal cubierto por plantas en la superficie donde las libélulas brillaban. Amablemente, el humedal le regalaba agua en la sequía al río y en la abundancia, le pedía prestada al acaudalado.

Un día, unas motobombas bestiales succionaron toda el agua del humedal, dejando así un cráter que rellenaron con los escombros de la ciudad.  “Esto es progreso” decía la gente asomándose por las ventanas de sus autos que transitaban por la vía hacia Bogotá.

Después de que llenaron el hueco, se construyó un enorme edificio, luego otro y otro, hasta completar un conjunto de ellos. La gente empezó a  habitar como hormigas estos edificios lujosos, “edificios inteligentes” les decían. 

Así pasaron los años y las generaciones se olvidaron de aquel hermoso humedal.

Ariel era un niño de seis años de edad, tenía unas gafas tan grandes que hacían ver sus ojos como de sapo. Le encantaba pintar, por eso siempre cargaba bajo su brazo el libro de dibujo y la caja de colores. Su familia había decidido marcharse a las afueras de la contaminada y sucia ciudad de Bogotá a respirar aire puro. A Ariel le fascinó la idea de ir a vivir al campo. Creía que como los grandes artistas, podría plasmar en su hoja de papel el paisaje que veía.

Así fue como sentado sobre una roca gris cubierta de líquenes, alistó su cuaderno y sacó punta a sus colores. En su horizonte se veían las montañas que parecían indígenas gigantes acostados contemplando el cielo. Los sauces dejaban caer su llanto de hojas sobre un río que serpenteaba, Al lado de él, se veía un conjunto de edificios en donde había un parqueadero de carros perfectamente organizados. “Aburridos” pensaba.

Ariel empezó a hacer su dibujo. Miraba el paisaje y luego lo ilustraba en su cuaderno. Casi terminando, pensó: “Creo que se vería mejor y más bonito un lago aquí”. Y así lo dibujó.

Al día siguiente en todos los medios de comunicación del país se anunciaba que el invierno había hecho estragos. El cielo estaba gris, las lluvias habían torrenciales, hubo aludes de tierra que enterraban las casas y las cosechas se vieron estropeadas por los predios inundados. 

En lo que más hizo énfasis los noticieros fue que el prestigioso conjunto de la sabana de Bogotá había quedado bajo el agua. Pedían a la gente rezar por aquella gente que sufría millonarias pérdidas.

Abrigado, Ariel tomó la sombrilla de su madre que estaba arrodillada frente al televisor, rezando por aquella gente que estaba a tan sólo unos kilómetros de su casa. Ariel aprovechó la distracción y a hurtadillas salió de la casa dirigiéndose a la roca de líquenes.

 Allí, en el horizonte, al igual que en su dibujo, se veía un gran lago. Pero Ariel, escondido bajo la sombrilla de la leve lluvia que caía en ese instante, pensó: “Algo le falta”. Así que desempañó sus enormes gafas, sacó punta a su color, y sin más, empezó a dibujar sobre el lago muchas plantas que flotaban: “Lentejas de agua”, así le habían enseñado en la clase de biología “Sirven para limpiar el agua sucia”, le dijo a su dibujo guiñándole su gigantesco ojo de sapo.

 Semanas después las lluvias no cesaban, “Es una tragedia nacional” decía el encorbatado señor de las noticias, “las plantas se tragan lo que queda del conjunto”, “los propietarios están intentando levantar una enorme muralla para detener el agua del creciente río” “intentan drenar el agua con motobombas, pero parece imposible”.

Ariel veía ahora a su padre que estaba arrodillado al lado de su madre rezándole al televisor. Se escabulló de nuevo para terminar su dibujo. Regresó a la roca de líquenes que ahora estaba siendo invadida por húmedos musgos, allí se sentó y miró al horizonte. “¡Está creciendo un muro!” dijo mientras limpiaba sus gafas para examinar mejor, pero el resultado fue el mismo: un muro que dividía el lago del río. Ariel, como un experto, hizo unos cuantos retoques en el dibujo. Y sonriente dijo: “¡ya está!”

Ariel miraba orgulloso su dibujo cuando llegó a casa. Fue directo a su cuarto y con una cuerdita colgó su dibujo al respaldo de la puerta. Mientras tanto, en el televisor, los titulares decían: “el agua ha subido en la sabana de Bogotá”, “el muro que se estaba construyendo ha desaparecido”, “la gente sigue rezando para que todo esto acabe pronto”, “el conjunto de la sabana ha desaparecido”.

Después de tantas lluvias, catástrofes, emergencias, inundaciones y millonarias pérdidas, el verano por fin llegó, pero el agua en la sabana de Bogotá no se había ido. El lago se había conservado cubierto con sus lentejas de agua. 

Al llegar de la escuela Ariel descolgó su maleta y encendió el televisor. Inmediatamente las noticias anunciaban: “Si señores, es increíble”, “han llegado desde el norte, dicen los biólogos”, “se han asentado para descansar”, “es posible que duren semanas”, “son hermosos”.

Ariel al escuchar esto sonrió y salió corriendo a su cuarto, cerro rápidamente la puerta y en el respaldo, allí, en el dibujo, se veían las montañas de la cordillera andina, el verde valle por donde surcaba el río rodeado de sauces llorones y el lago, donde se veían nadar a los coloridos patos y tingüas que habían regresado al humedal de la sabana.

martes, 28 de agosto de 2012

LUVINA

Análisis del cuento Luvina (El Llano en llamas, 1953)

 Juan Rulfo
(México, 1918-1986)



LA JUSTA ENTRE NARRADORES

En el relato encontramos dos narradores que ordenan la historia, uno en tercera persona y otro en primera persona:
 El que narra en tercera persona siempre describe el presente de la historia con una mirada externa, no interviene en la historia dando juicios de valor sobre lo que describe. Empieza diciendo donde está Luvina, qué la rodea, qué la acompaña y el clima. Luego nos traslada y describe el sitio donde está siendo narrado el recuerdo: La tienda, el personaje, los comejenes y lo que está afuera de la tienda: los niños, la noche, los almendros, el río, los sonidos, etc. Y al final es el que cierra el relato.
El narrador en primera persona, por lo contrario, narra un recuerdo; éste es participe de toda la historia siendo el personaje principal, da sus propios juicios de valor. Cuando empieza a narrar su experiencia en Luvina sabemos que se la está trasmitiendo a un futuro visitante que va de camino hacia allá. El personaje - dando sus propios juicios de valor-describe a Luvina de una forma gris, sola, árida, triste, desesperanzadora, lúgubre, un sitio al que él nunca volverá, que es el purgatorio, donde dejó su vida, qué le dejó un mal sabor y hay hambre. Nos damos cuenta que tiene una intensidad inclinada hacia una Luvina con estas características. Con sus propias palabras el personaje no lo confirma: “usted ha de pensar que le estoy dando vueltas a una misma idea. Y así es, si señor.” Nosotros -como lectores-  al igual que el visitante solo conocemos a Luvina solo conocemos a Luvina por la descripción del personaje, pero no sabemos si en realidad tiene esas características, si solo es él el que piensa eso o si los habitantes de Luvina piensan lo mismo. Solo conocemos un punto de vista, un sentir que el personaje describe según su experiencia.

En el texto encontramos que los dos narradores, de forma indirecta, mantienen una oposición, una justa. Es claro que ambos contrastan en lo que dicen. Cuando el narrador en primera persona nos lleva al recuerdo y dice: “(…) en Luvina el aire que sopla es negro”. Pareciera que el narrador en tercera persona -hablando del presente- le respondiera:”el rumor del aire moviendo suavemente las hojas de los almendros”. Es como una justa entre el recuerdo/el pasado -oscuro, triste, desolado, moribundo, solitario, lúgubre- y el presente --tranquilo, natural, fresco, suave, joven (por los niños), etc.-. A lo largo del texto se ve este constante contraste, por medio de la voz de los narradores, entre recuerdo/pasado y el presente.



EL ANTES ENCARCELADO EN EL DESPUES.

En el relato identificamos una línea de tiempo: el pasado, el presente y el futuro. El pasado lo conocemos el texto gracias a la narración que relata el personaje principal. Pero ese recuerdo, que es del pasado, de un antes, lo trae al presente, un después para contarle su experiencia en Luvina a un futuro visitante.
El narrador en tercera persona describe lo que sucede en el presente. Pero vemos que en el texto tiene más intensidad la narración del personaje principal que describe el recuerdo. Esto nos va orientando y dando las bases para nuestra hipótesis, ya que, el personaje adjunta su pasado en el presente por medio del recuerdo, para mostrárselo a un futuro visitante de Luvina. En ese punto, nuestra perspectiva -como lectores- se enfoca en la descripción del recuerdo, de ese antes y nos atrapa, encarcela junto al personaje principal que narra. Pero el narrador en tercera persona nos saca por instantes de ese “encarcelamiento” y nos muestra lo que sucede afuera del recuerdo, o sea, el presente, el después. Pero el personaje permanece encarcelado en el recuerdo. Pide a los niños que se vayan más lejos para poder seguir hablando, toma cerveza para que se le quite el mal sabor del recuerdo, cosa que sucede al final, cuando recae y queda dormido después de haber bebido mucho.




LOS TRES ESPACIOS Y EL PERSONAJE
Los espacios que conforman el relato son: el sitio donde está ubicada Luvina, la tienda y alrededores y el recuerdo del personaje.
El sitio en el que está ubicada Luvina se describe en el primer párrafo donde el narrador en tercera persona nos coloca, por así decirlo, en el espacio geográfico que es la base necesaria para el desarrollo del relato.
Acercándonos con lupa, decimos que el espacio que viene después de la base (el espacio geográfico) es la tienda y alrededores, en donde, en el presente, está ubicado el personaje principal contando su experiencia en Luvina. Está en una tienda y da la impresión que ésta lo aislara del exterior y lo atara con la cerveza de Camilo (el tendero) al recuerdo que le cuenta al futuro visitante de Luvina. Cuando lo que está en el exterior, o sea, alrededor de la tienda -el sonido del río, el rumor del aire moviendo los Almendros y los niños jugando, todo esto en la noche que avanza- intentan distraerlo, el hombre les dice que no lo interrumpan, que se vayan más lejos. Así, el personaje, estando en el presente, se aísla de éste, lo expulsa y se interna, se concentra, se encarcela en su recuerdo, en el pasado.
El recuerdo del personaje es un espacio amplio en el cual encontramos otros espacios, más cortos, que lo componen. Estos espacios los vamos conociendo según la vivencia del personaje en el pasado, que llegó a Luvina con su mujer: Agripina y sus tres hijos pensando que este sitio era como el cielo. Pero allí, en Luvina, el personaje sufre una transformación que lo lleva a pensar que Luvina no es un cielo, sino, un purgatorio.
El personaje llega con ilusiones cabales, pero todo en este pueblo árido donde el viento es como un rugido, es diferente a lo que él conocía. Desde su primer día todo es diferente y difícil en Luvina: en una iglesia que no parece iglesia, les toca dormir con su familia, y la noche que no parece una noche normal, es desconsoladora, las mujeres tiene que cargar el agua por una cuesta, allá no crece nada, la tierra está reseca, sin árboles sin una cosa verde para descansar los ojos, el viento se lleva los techos de las casas, llueve poco y cuando llueve azota y desgarra la tierra. Allí es donde “anida la tristeza”, y viven los viejos que cuidan los muertos, las mujeres sin marido y los niños, que cuando dejan de ser niños se van y se vuelven los futuros esposos de las futuras mujeres que al igual que sus padres, esporádicamente, van y depositan hijos en los vientres femeninos del pueblo y llevan bultos de abastecimientos a los viejos hambrientos. Allí todo es diferente y difícil para el personaje, desde el entorno que es agreste hasta la gente que pareciera que le hubieran tablado la cara; un lugar moribundo, solitario y desolado, de costumbres distintas para el personaje. Allí fue donde él vivió y dejó la vida y cuando volvió ya estaba viejo y acabado. Y nos preguntamos si en realidad volvió, porque a pesar de que está en otro lado –la tienda, Camilo, el visitante, los niños, los almendros, etc. ¡El presente!- éste sigue “viviendo” en Luvina, porque allá dejó la vida. Y su mirada está en el recuerdo, en el pasado, en ése antes, que después lo encarceló con sus tristezas, esas que intenta evacuar con la bebida pero que termina reteniéndolos aún más al recordarlos. El personaje adquiere las características de sus juicios de valor sobre Luvina, parece alguien moribundo, solitario, desconsolado, árido, desesperanzado. Da la impresión de que aunque mira los comejenes sin alas que parecen gusanitos desnudos, sigue sumergido en su recuerdo, hasta el punto en que queda dormido sobre la mesa. Es como si sus días fueran todos los mismos, como una maldición. Él no recordará nada más que lo que vivió en Luvina. 

jueves, 23 de agosto de 2012

Respiro

Como me he quedado sin palabras para contar intento (mediocremente) hacer algo, intentar así sea una miseria de paso flácido. Esto es lo que veo desde mi cuarto: la belleza de los árboles. Por unos minutos no pienso y caigo de nuevo en mi horizontal, cómodo, inquietante e irresponsable lecho a esperar. Cómo quisiera ser un árbol... danzando en el sitio en el que se está plantado, con las raíces profundas absorbiendo los nutrientes en la compactada oscuridad y salir con gran esplendor, con las palmas al cielo y recibir el sol abrazador. Y poder respirar, respirárte, respirárnos, aunque sea tan efímero, para mi ése instante dura más que un día entero.

lunes, 6 de agosto de 2012


¡Compadre! ¡Compadre!
¿Qué?
Parece que se volvió a parar
¿Qué?
La alegría
¡Ay! compadre.

domingo, 5 de agosto de 2012

PLAGIO CREATIVO


“Al tercer día de lluvia habían matado tantos cangrejos dentro de la casa, que Pelayo tuvo que atravesar su patio anegado para tirarlos al mar, pues el niño recién nacido había pasado la noche con calenturas y se pensaba que era causa de la pestilencia. El mundo estaba triste desde el martes. El cielo y el mar eran una misma cosa de ceniza, y las arenas de la playa, que en marzo fulguraban como polvo de lumbre, se habían convertido en un caldo de lodo y mariscos podridos.”(García Márquez)

“Al tercer mes de amarse habían causado tantos estragos dentro de la casa, que mamá tuvo que desempolvar las maletas arcaicas para echarlos de allí, pues su hijo recién casado había llevado a Luisa su enamorada y se pensaba que era una de las prostitutas. Su madre lloraba todos los días.  El amor de él y Luisa era cosa de dementes, y las mañanas en la casa, que en marzo proveían de mudez y calma, se habían convertido en una bulla de locos y gemidos grotescos.” (Ale0n)