viernes, 15 de enero de 2016

Pérdida de un libro hermoso: Manglares, de Tomás González.


Hoy 13 de enero de 2016 estoy en la última página del cuaderno donde anoto lo que se me ocurre. Lo termino de luto por la pérdida de un libro hermoso: Manglares, de Tomás González. Lo había conseguido en Colombia en mi segundo viaje de vuelta que realicé en octubre del 2015. Venía deseando tener aquel libro con impotencia ya que en Argentina, del mismo autor, solamente se consigue La luz difícil. El dolor que siento es como si hubiera perdido a un familiar. Fue relativamente corto el periodo que estuvo conmigo pero seguro lo leí más de cinco veces en distinto orden. En el trabajo, en el parque, solo y con amigos, borracho, alegre o nostalgico. Abría una página al azar, leía: una tortuga descuartizada en la costa colombiana; un viejo con una finca inútil en tierra fría jugando ajedrez, tomando aguardiente, siendo feliz; El río apulo donde se acaban las palabras y tantos otros manglares o poemas, que son lo mismo. En fin, solo escribo esto intentando sacarme un nudo de la garganta, un llanto, una pena. Y no estoy siendo exagerado ni melodramático, juro que hasta a mi me sorprende el impacto que tuvo en mí ésta pérdida. Me generó una tusa terrible. Me dicen que a la final tan solo es un objeto o que bueno, al menos lo había leído todo, pero eso no es consuelo, un libro así no solo es un objeto y no creo que uno lo acabe de leer cuando llega a la última página. Lo perdí en el trabajo e hice todo para encontrarlo (no me voy a gastar en decir qué hice, pero lo que me dijo una compañera del trabajo lo resume: “Alfonso, si así buscaras chicas”). Solo espero que esté en buenas manos y no en un tacho de basura. Que quien lo tenga se deje encandilar por sus poemas y, hace falta que lo diga, luego me lo devuelva. Acá dejo uno de ellos, el único que me sé literalmente, pues había empezado a memorizarlos, como si inconscientemente supiera de su futuro naufragio.


Yo, encandilado, 1957. Tomás González.

Era como una canoa
un diminuto farol, una arista
oscura, voladora
el reverso de un intenso resplandor
una porción de negra nitidez,
en la confusa luminosidad del día
una abstracción zumbante, viva
una avispa volando bajo el sol.



viernes, 25 de diciembre de 2015

Del cielo al infierno

Desnudos en la misma cama él le lee poemas que tratan de cómo una mujer puede ser tan elevada como un muro que llega hasta el cielo y el infierno. Ella escucha mientras humedece los labios. Él la mira y ella le guiña un ojo. Lo incita a que la escale de abajo hacia arriba,  del cielo (que es el otro infierno) al infierno (que es el otro cielo). Él se sonroja y sigue leyendo. Tiene que llegar al punto final.  Pero cada vez siente más y más que ella está más arriba que él. Percibe que esa mujer es inalcanzable, interminable, inagotable, infinita. Cede y se lanza hacia ella y ella lo abraza con sus muslos. La mujer con el cabello esparcido en la almohada, el de él cayendo en una catarata lisa. ¡Trépame! Y él escala, uno ah, dos aah, tres aaah y salta y ella gime al sentir sus manos tocando su cuerpo. El hombre no cae al abismo porque los senos de la mujer lo sostienen. Logra atravesar ese muro, obstáculo, fuerza, mujer. Toma su ropa, se viste y se olvida de sus poemas. La mujer desnuda en la cama escucha los pasos de él y el choque de la puerta del auto que se va por la autopista, disolviéndose en el horizonte.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Dice que vas a estar en negro


Calma. Todo aparenta estar saliendo bien. ¿No te parece? La gente muestra interés por tus servicios,  solo habrá que tener paciencia y esperar a que el pez muerda el anzuelo y consigas trabajo. 

Te atormentan esos sueños que tienes. Es normal, todo el mundo los tiene. Es verdad que la gran mayoría los olvida apenas despiertan y siguen con su rutina. Pero tú los sigues teniendo en tu cabeza, como recuerdos, junto con tus vivencias relevantes: eres un ocioso. 

Tuviste una pesadilla la otra noche y anhelas que no signifique nada, quieres dejar de razonar.

 Soñaste con un ataúd. En su interior almacenaba viscosos sesos que palpitaban desahuciados. No quieres que signifique que algo en el sótano de tu existencia está siendo enterrado con vida. Como si en la sala de tu vida se estuviera velando a alguien. ¿Una parte de tu cerebro? Decías que te sentías hechizado por su contenido;  te atraía aunque fuera desagradable.

Hoy has recibido una llamada. (se te va a morir) Es para un trabajo en un kiosco. Te pagan poco ¿Y qué esperabas si no sabes hacer nada, si nunca estudiaste una carrera? ¿No entiendes que no hay más salidas que estudiar para trabajar?.  Si no trabajas, te mueres de hambre.

Acepta, es el mejor pez que puedes encontrar con ese anzuelo.


Aceptas el trabajo. La dueña del negocio tiene un vestido con flores y unas gafas con cuernos. Dice que vas a estar en negro. Como el título de esta vaina. Momento...Di-ce-que-vas-a-es-tar-en-ne-gro ¡BUM!. (se te murió) Vas a cobrar diez pesos la hora. 

Sabes, pero evades, que estar en negro es lo mismo que estar en el envés de la economía, por el lado de la sombra, por el lado clarito de la hoja, por donde no p(a)ega el rico y dorado sol.

Trabajas ocho horas al día. Atiendes a los clientes que compran chocolates, cigarrillos, gaseosas, condones y cervezas. Entre cliente y cliente dibujas en papelitos que luego conviertes en barcos o aviones. Son como tus sueños. Estos barcos, aviones y sueños, desembarcan, arriban o mueren, en el tacho de basura, justo antes de que llegue un nuevo cliente. 

Son todos productos que se ajustan al salario mínimo legal. (Salario que tú no ganas) Aunque los precios están sin incluir los aumentos que provocan los intermediarios y revendedores; de todas las manos puercas que tocan los productos antes de que tú los compres. Como la cuatro lámparas cornuda de tu jefa. 

Puede que ganes el salario mínimo ilegal. Tal vez, ¿por qué no?. Pero recapacitas y sospechas que hay gente que gana menos. Crees que muchos de los que compran, tampoco ganan un salario mínimo legal. Se te ocurre que son más los trabajadores que ganan menos y menos los que ganan más. Los que ganan más serían los que están en el haz de la economía o, mejor dicho, piensas, los que lo sobrevuelan. Por arriba de la hoja, por la parte oscura.

¡Pero tú quién eres para pensar en esas cosas! Ubícate, no eres un profesional para dar esos juicios. Lo que ves, crees o intuyes, a nadie le importa: eres un empleado. El pez te comió a ti, ¡ups!, así no se suponía que era, pero ya está.  Resígnate a trabajar para sobrevivir. A oler el fétido olor de tus sueños muertos. A sentir cómo tu jefa, los clientes, ¡tú mismo!, te velan, en la panza del pez, en el trabajo, mientras todo se pudre adentro tuyo.   

Espera el camino más difícil: vas a estar en negro de-por-vi-da. 

Chao.









miércoles, 4 de noviembre de 2015

Retazos del segundo regreso 2015

I
A los diez años tomó su suave mano, cerró los ojos, sintió el frío en su rostro, y se marchó, con ella, para siempre. (La muerte)

II
Mira la mañana
sin ojos que engañan
verás que la belleza es nada
verás que la fealdad es nada
porque cuando la veas despuntar
con ojos que engañan
verás que la mañana es bella
verás que la mañana es fea
que no es nada.

III
Dos niños bajando naranjas de los árboles,
innumerables avispas, abejas y abejorros,
asaltando el polen de las flores.
Un niño con el palo y el otro con el balde,
van bajando naranjas de los árboles,
van llenando el balde de naranjas,
mientras bajo el sol
las avispas, abejas y abejorros,
asaltan la virginidad de las flores.

IV
Los campesinos del trópico
huelen a miel y están cubiertos por la cera del panal.
Su inseparable machete al costado,
sus botas de caucho con medias de periódico,
la camisa manchada por el plátano.
Su silencio mientras bajan por la vereda
hacia su rancho pintado por el hollín,
por el humo de la madera.

V
Mientras leía aquel libro entre mis manos,
las moscas revoloteaban sobre él,
como si algo se pudriera,
como si algo en él se estuviera descomponiendo,
como si se hubiera muerto hace apenas unos días.

VI
De píe en el centro de la habitación de húmedas paredes
todo parece envejecer
y no se ha dado cuenta de lo rápido que sucede
los niños crecen y florecen en un parpadeo
los padres languidecen y se marchitan
en días y noches que duran lo que dura un aleteo.
De píe en el centro de la habitación  de húmedas paredes
todo parece crecer, florecer, languidecer y marchitar
entre parpadeos y aleteos
todo parece envejecer entre suspiros.


Retazos del primer regreso 2014-2015

I
Existe un fantasma del fracaso que cobija al pueblo, mantenido por aquellos que de alguna manera han salido, pero esa “salida” no es más que el sueño superficial del fracasado, por lo tanto ese que salió de aquella manera es un fracasado igual... ¿Por qué pensar que el colombiano es sinónimo de fracaso? ¿Por qué ese pensar que si otros vivieran acá sería mejor o encajarían con más armonía en este hermoso lugar? ¿Por qué esta tierra tan buena dada a gente tan mala? ¿Por qué pareciera que en vez de embellecer este lugar a su gente, esta gente se afea más y corrompe su entorno? Aquél que viene con ansias de cambio es tumbado al piso y pisoteado por la misma amargura de la que se ha aferrado, tal vez, ya ni sabemos cómo, a la inmovilidad, a esa tristeza aburridora de la quietud, a la angustia sin razón.

II
Siento dolor de no poder hacer un cambio o más bien de no querer. Sería mejor que se haga solo. ¿Por qué debería hacerlo yo? No siento ningún deseo de liderazgo o de ser un mesías. Me gustaría que en un posible regreso sintiera el deseo de quedarme. Pero no hago más que confirmar el horror que es vivir acá, no por el hermoso entorno sino por la gente. Pero yo vengo de acá, acá me crié. ¿Ser gente de acá es distinto a hacer sido gente de acá? Si no es así, entonces yo debo de estar horrorizado de una gran parte de mí, si toda esta gente es como yo. Si es distinto algo de alivio siento. Ya alcanzo a escuchar las voces que dicen: "¡Traidor! ¡Traidor! ¡Traidor!"

III
En Colombia, cuando la gente se da cuenta que en los países del norte o del sur existen las estaciones climáticas bien definidas y marcadas (primavera, verano, otoño e invierno), piensan que por eso debe ser que en este país nada cambia. Porque allá se quitan o ponen la muda según la estación: cambian. Pero que acá, al tener un clima más estable e invariable nosotros no cambiamos y podemos durar con una misma muda toda la vida, hasta con la misma pinta para el ataúd. Yo diría que sí. Pero, ¿no valdría la pena pensar que si nosotros viajáramos más fácil por nuestro territorio podríamos tener más mudas? Que en vez de que viniera la estación con sus bellas prendas nosotros fuéramos a esos olvidados armarios colombianos y buscáramos entre los nevados, las montañas, los desiertos, el mar, los páramos, esos inimaginables trajes; envidia, posiblemente, de los países del norte o del sur.

IV
Sé que las palabras que debo decir ahora deben o son importantes, para mí, aunque no sepa importantes para qué.

V
Cuando llegué, después de tres años de ausencia, sentía como si me hubiese dormido y ese periodo solo había sido un largo (¿O corto?) sueño. Luego me fui al caribe con mi familia. Ahí sentí que empezaba de nuevo a dormirme. Eso parece ser la vida: una consecución de sueños. Supongo que eso no es más que la pista para tomar vuelo y finalmente sobrevolar las nubes y las brasas. 

VI
Mirando el mar era un grano de arena más.

VII

Ahora, después de unos días de estar aquí, empiezo a sentir que me gusta este lugar. ¿Pero será un sentimiento temporal, sueño ingenuo después de una noche agradable? La vida, la vida, no es más que una consecución de escenas y capítulos de los que queremos despertar, pero no hay remedio, y siempre llega otro y otro y otro hasta que morimos.

miércoles, 4 de febrero de 2015

El ojo de poeta

Thunbergia Alata. Imagen de Wikipedia.











El ojo de poeta
Es un hoyo negro
En un desierto infinito
Observando al cielo.

Intenta descifrar el mundo
Y lo que hay más allá
Y se encuentra con la mirada silenciosa
Del destello que grita.

El sol lo ciega
Sin dejarlo aclarar
la razón de su deseo.

El hoyo negro se empieza a mover
Con dolor y desesperación
Por el desierto.

Y después de rebotar por muros invisibles
De subir y bajar dunas colosales
Se detiene y reconoce el lugar:
Se da cuenta de que ya ha estado ahí.

¿Pero cómo, -pregunta-
En este desierto estéril y uniforme,
En este laberinto de dunas que habito,
Puedo encontrar un lugar adecuado?

Este lugar igual a cualquiera del monótono desierto
No es el indicado porque sea distinto
Lo es porque es su destino.

No es preestablecido
Sino que es encontrado.
Pues había sido dejado en un sitio conocido,
Por el que ya había transitado.

El anochecer se precipita
Y el ojo de poeta debe decidir
 si quedarse o irse de nuevo.

Observa al cielo
Y mira que las estrellas se empiezan a encender,
A dejar de ser solo rocas en el cosmos,
Para ser luz en la noche del poeta.

Un espejo circular asciende en el firmamento
El ojo de poeta mira y se ve reflejado en la luna.

Y dice:
Yo soy el ojo de poeta
Pero lo que hay más allá del infinito desierto
Es el poeta.

A medida que pasa la noche
Y la luna se aleja con su séquito estelar,
Ve cómo el hoyo negro aspira
Al poeta que camina con las manos en los bolsillos
Día y noche
Por el sendero solitario,
Con su rostro frente a la luna que se va
Viendo en el reflejo
Como su ojo se lo traga.



viernes, 3 de octubre de 2014

Volver.

(Reseña de un relato sin hacer)

Un hombre exiliado que al volver a su lugar de nacimiento, después de 30 años, se da cuenta que el pueblo que habita en su memoria ha sido arrasado por el incesante Tiempo. Pero, una niña simpática que representa la nueva generación del pueblo, le hace entender la imposibilidad de un regreso y comprender que su viaje de vuelta no fue por el mismo camino por el que se marchó. Mientras ve condescendiente cómo Heidi se abraza con su abuelo, el hombre,  se da cuenta que lo viejo y lo nuevo puede convivir.

lunes, 1 de septiembre de 2014

¡AH, QUÉ RICO!


Siente algo raro cuando pasa bajo las sombra de los árboles y de los edificios. Algo así como lo que se siente al contemplar un gusano que penetra por el único orificio de carne de una esfera de hierro. Trenza su lengua y luego la muerde para que no se desate. Mientras camina por la acera, hacia su trabajo, rastrilla sus uñas contra la palma de sus manos. Pero cuando la sombra se acaba, y sigue un claro, con los ojos entreabiertos, como un par de puertas de salida, él deja entrar el resplandor del sol.

Percibe algo invisible. Lo sigue una fuerza que parece hecha de nada. Una figura muy parecida a él lo orbita en silencio, cuando las sombras lo empalidecen. Hay momentos en que sienten esperanza porque sus narices llegan a estar tan cerca que están a punto de chocar. En otras ocasiones, la presencia camina tras de él y mira sus talones que se alejan en la angustia del vacío. Pero cae en cuenta, y se apresura para alcanzarlo. Aún así en las sombras de los árboles o edificios, nunca llegan a unirse.

Pero esto es cuando ya la noche, que hay entre el límite de un claro de luz y otro, acaba. Es ahí, en ese amanecer efímero, cuando, después de caminar sobre y bajo la sombra de un árbol o edificio, aquél que lo acompaña mientras camina por acera hacia su trabajo, y él mismo, desaparecen súbitamente.

Cuando él mira el sol, los dos lo miran, porque son uno solo. Una cosa que viene en el rayo de luz, que no sabe qué es, los une. Dejan de huir el uno del otro y ¡ah! Qué rico se siente. Y algo cambia en ambos, o, algo se completa. Uno le brinda la boca y el otro las palabras. Uno le brinda el cuerpo al otro, y el otro, le brinda eso que hace que ya no contemple al gusano ni la carne que penetra en la esfera de hierro, contemplando así únicamente el sol. Haciendo que sus dientes liberen su lengua que se desenrolla haciendo girar sus alas. Que los estigmas que se abrió con las uñas, se sanen con las caricias de las yemas de sus dedos. Y siguen caminando por la acera. Y la gente que pasa alrededor y los miran, se contagian de la sonrisa que ondean. Suspiran y dicen: ¡ah qué rico!.


Pero, de nuevo, llegan las sombras. Y como si se cortara un hilo en tensión, se separan de nuevo. Pero el que trabaja y el que lo acompaña, a un paso de distancia, miran la copa de los árboles o las antenas de los edificios y ven allí el reflejo del sol. Y esperan, esperan a que un clarito en el camino los vuelva a unir, para decir, al unísono: ¡ah, qué rico!.

domingo, 3 de agosto de 2014

Mr. Lonely

"Aquí, en la nación rota, estamos cansados y llenos de moretones.
Fuimos dejados aquí solos sin nada.
Hemos sido abandonados. 
Somos como el vómito en la puerta de un bar de mala muerte.
Hemos sido relegados al fondo del barril.
Y todos nuestros sentidos de compresión y amor parecen haberse ido para siempre.
Para sobrevivir aquí, tenemos que convertirnos en animales y tenemos que olvidar todo sentido de civilización y de entendimiento.
¿Cómo es posible que una monja pueda volar?
¿Cómo es posible que caiga de un avión y aterrice ilesa?
¿Pero, quiénes somos nosotros para burlarnos de cosas así?
¿Quiénes somos para dudar de tales milagros?
No somos más que vagabundos en la cloaca, aquí en la nación rota.
Pero un poco de fe, puede llevarnos muy, muy lejos."


viernes, 1 de agosto de 2014

Incapacidad

Escucha los pesados pasos que se acercan. “Qué hago, qué hago, qué hago”, dice quitándose las cobijas de encima. Los pasos hacen rechinar las tablas del piso. Bajo éstas, las ratas corretean desesperadas buscando un escondite. “Llévenme” les dice. Y se lanza de la cama al suelo como puede. Cae con el rostro boca abajo. Rasguña las tablas y llora mordiéndose los labios. Le gustaría ser una rata. Y si no puede, al menos le gustaría que lo sacaran de allí sobre sus lomos grises.


Imagen sacada de este blog.



martes, 10 de junio de 2014

-Perdón por lo de anoche.

-No me pida perdón. Qué palabra más fea y comprometedora.

-Pero no estuvo bien lo que hice. Me siento mal.

-Tranquilo. No importa. Usted sabe que me puede traicionar cuando quiera.

lunes, 9 de junio de 2014

Cauchera

Yo nunca pude bajar a un pajarito. No por malo. Siempre me consideré certero. Más bien aprendí a imitar su canto y no a callarlo. Aún así mi amigo Ángel, que era el ducho de la cauchera, cada tanto me invitaba a almorzar azulejos al sartén. Y yo aceptaba. 

La cauchera estaba hecha con el guante de caucho roto que se usaba para lavar. Se trenzaba y se ataba a la lengua del zapato viejo con el que iba a la escuela años atrás. Esta lengua de cuero abrazaba a la piedra. Y se tensaba la goma. Con un ojo cerrado y otro abierto y el dedo gordo como mira, apuntaba y... lanzaba la piedra.

A mí, a diferencia de Ángel, me gustaba era lanzar las piedras al cielo y ver cómo se perdían a lo lejos. Como si fuera, me gusta pensar, un anhelo extraño: una piedra queriendo cambiar su destino, convirtiéndose en ave.

Luego me quedaba quieto y en silencio esperando la respuesta.

Al escuchar la piedra caer, rompiendo las hojas de los platanales como un meteorito, salía en su búsqueda.

Esa piedra desconocida y afortunada, como un pedasito de alma, que había elegido entre muchas otras, que hace un instante estaba volando y que caía en algún lugar al azar entre el monte, al reencontrarla, me producía una dicha maravillosa.

martes, 20 de mayo de 2014

Bep, bep, bep, beeeeeep


Lo desatornilló pensando que en aquél huequito iba a encontrar aceite para ensuciarse las uñas. Pero lo que se encontró fue el regaño de su madre.

El tornillo era de la máquina que mantenía con vida a su abuelo. Su abuelo estaba en coma y necesitaba de aquél aparato para respirar.

Su madre, al ver tal escena, agarró al inocente niño de los pelos y lo lanzó contra la puerta. Él sintió cómo volaba de un lado al otro de la habitación. Sin embargo, su vuelo se vio interrumpido por el golpe, y el dolor en su espalda que este le causó.

Se enojó con su madre porque siempre estaba pendiente del abuelo y no de él. Vio cómo ella con desesperación intentaba poner de nuevo el tornillo en su lugar.

Le dio risa, pero la calló mordiéndose los labios.

Recordó que su amigo Hugo lo esperaba afuera para jugar; quería contarle todo lo sucedido.

Se levantó y abrió la puerta. Mientras caminaba, se dio cuenta de que tenía una manchita negra de aceite en la punta de sus dedos. Se los metió en la boca con alegre curiosidad mientras escuchaba a su madre lamentarse y llorar.
         
El rítmico y monótono “bep, bep, bep”, que producía el monitor cardíaco de su abuelo, se había transformado en un molesto, agudo y continuo "beeeeeep".


Creía que a su madre le dolían los oídos.

Baby grace, por Ezequiel García.
http://www.creciendoenpublico.com.ar/content/obras.php
                             

lunes, 12 de mayo de 2014

La extinción del Bababuy

 Una de las cosas que más me entristecen tras parar y sentarme en la plaza, con la mirada sumida en las montañas, es que no escucho al Bababuy.

 El Bababuy, en las mañanas húmedas y frías cuando subía la montaña era mi compañero y quien aplacaba mis penas. Con su aleteo invisible apartaba las cortinas de neblina frente a mí y me guiaba por el camino destapado bordeado por las piedras y sus reinos en miniatura entre el musgo y el liquen que las cubren, los potreros y las vacas con sus terneros sedientos, los arbustos despelucados con los nidos de innumerables palitos en su interior, los árboles con la frescura del viento en sus copas y los capullos que esperan para florecer mientras los insectos trabajadores marchan. Luego, sin descanso, el Bababuy continuaba su tarea arrastrando las nubes con su pico invisible para descubrir el sol y los matices azules del cielo donde empezaban a volar con júbilo sus primos.

 Trabajaba para dar a luz al nuevo día. El nacimiento era sagrado porque todo esto se daba en armonioso silencio. Pareciera que no hubiera individuo allí que estuviera solo; todo era uno y uno era todo bajo la sombra invisible del Bababuy. Todos renacíamos con dignidad. 

Nunca vi al Bababuy, pues era un pájaro invisible. Mas no era imaginario, ya que siempre lo oí. Ahora quiero pensar que era la única ave que había logrado evolucionar, perdiendo toda corporeidad, a su forma esencial: el canto. 

Era sin duda el rey de la montaña. Y era esta condición de no haberlo visto nunca, ya sea por lo que dije anteriormente o por su modestia, timidez o miedo, más el desconocimiento mío, el que me daba la alegre libertad de subir su rango a dios de la montaña. 

Pero el Bababuy ya no está. ¿Será que al abandonarlo desapareció su canto? ¿Que no era evolución sino la lenta agonía, la extinción del Bababuy?

Miro las montañas y rasguño la madera del asiento con rabia. Y lloro, lloro mucho porque sé que si empiezo a subir la pendiente... moriré. 

Pero dígame ¿quién quiere vivir sin la compañía del Bababuy?

miércoles, 7 de mayo de 2014

El Pacto

Una noche antes de empezar a trabajar.... 

-El pacto, el pacto, el pacto- decía una y otra vez en mi mente como un eco que se perdía en las tinieblas del inconsciente mientras se diluía el sueño. Empapado en sudor y con las cobijas pegadas al cuerpo me desperté a esa hora en la que, según dicen, anda el diablo suelto de borrachera junto a sus amigas las brujas.

Me dije, sin quitar el peso en medio de las cejas que cerraban mis ojos: voy a anotar el sueño -el pacto, el pacto, el pacto-. Estaba en la cama de arriba del camarote; mi mochila, con el cuaderno y el lápiz en su interior, estaba colgada al respaldo, al alcance de la mano, pero la pereza me ganó; el yo somnoliento argumentaba, encaprichado, que con recordar esa palabra me acordaría del resto del sueño. Pero no. Como suele pasar, se equivocó: me hizo incumplir a mi yo despierto, quien buscaba algún tipo de placer cognitivo al encontrar algo de interés en dicho sueño. 

El pacto había sido el clímax del sueño, por así decirlo. Habían sido esas últimas palabras que rematan un buen cuento, que te deja suspendido y fascinado. Sin embargo, el resto, los detalles que me habían llevado hasta el instante de la escena onírica en que habíamos cruzado palabras con el demonio, se me olvidaron. Pero era eso, eso desconocido, lo que había dado un tremendo poder y valor a las palabras: el pacto.

Ahora, en la realidad tangible, me pregunto ¿qué es un pacto?
¿Qué es eso que entendía tan bien, con tanta profundidad y pureza significativa en el sueño?


Según la RAE, es: "Concierto o tratado entre dos o más partes que se comprometen a cumplir lo estipulado."


Entiendo que son dos personas, en este caso seres, o fantasmas, o almas, o lo que sea uno mientras está dormido, totalmente distintas y opuestas que se dan la mano para llevar acabo algo en común... ¿por el bien de ambos?.
El contacto de las manos es importante, así el uno crea que la del otro es repugnante, como en mi caso, que era una mano con piel de serpiente y llena de huecos por los que salían gusanos blancos que se deslizaban por entre sus sólidas y afiladas garras de hueso. Pero ¿Qué se estipuló en mi sueño? ¿Qué es lo que hay que llevar a cabo? No obstante, antes de llegar a esa respuesta, hay que saber que se necesita de un sacrificio para cumplirlo. Un pacto demanda sacrificios que son pequeños bienes que uno tiene y que se ofrecen para recibir un bien mayor.


Digo que mi sacrificio es el trabajo, solo por intuición y por ser práctico. Ya dije que se me olvidó qué se pactaba y para qué, y el trabajo es lo más representativo y cercano que tengo. El trabajo requiere de sacrificios temporales y espaciales: un horario, un sitio. Pero ¿trabajo para qué?. E ahí el caminito hacia mi objetivo, mi destino que requiere de un intermediario, un obstáculo, o viéndolo de manera más amable, un facilitador: el dinero.


¿Por qué ésta imagen del diablo o el demonio siempre adherida o relacionada a los pactos? 


¿Acaso todos esos pequeños bienes, estos sacrificios, son el gran bien del diablo? Él, ¿qué sacrifica? ¿sacrifica algo o es mero poder? ¿Nos sometemos a su dominio porque nosotros no lo poseemos -porque dios no ayuda- y él es el único medio que nos queda para "poder" lograr nuestro bien mayor? No sé. Y tal vez es algo que ningún mortal llegue ni deba saber. Mejor concentrarse en la parte que le toca cumplir a uno.

Siempre se habla de que un pacto con el diablo, tras la ventura y la prosperidad, trae la desgracia o la maldición ¿Por qué? ¿Sólo por que él es el diablo y representa los valores negativos, o mejor dicho, a los que más les tememos? O, ¿somos castigados por pretenciosos y avaros?
Si es así, en el pacto, que requiere de dos partes como mínimo ¿cuál es el equilibro que armoniza el poder, el que no deja que nos desmiembren la mano y que nos da la fuerza para resistir y cumplir con lo pactado?


No supe. Y pregunté.


-El amor - me respondió mi amiga. 


El amor, ese es su nombre propio. El amor en su estado más puro, enaltecido e indecible. Es el medio y el fin. El medio como un hilo invisible que nos guía hasta el fin: él.


Giuseppe Tartini - El Trino del Diablo



jueves, 24 de abril de 2014

En una cajita de madera

En una cajita de madera tengo guardado un secreto.
No lo conozco aún porque son las experiencias que no he vivido
y las que nunca viviré. 
En esa cajita cabe todo eso: todo lo que se le escapa a mis sentidos.
Allí están las cosas que habitan más allá de donde la vista llega,
atrás del límite de mi horizonte.

viernes, 18 de abril de 2014

Infancia, de J.M.Coetzee (fragmento)

Todas las camas de la casa están viejas y estropeadas, los muelles se hunden, crujen al menor movimiento. Él trata de quedarse tan quieto como puede, en la franja de luz de la ventana, consciente de su cuerpo acostado de lado, de sus puños apretados contra el pecho. En este silencio trata de imaginar su muerte. Se borra de todo: del colegio, de la casa, de su madre; trata de imaginarse los días siguiendo su curso sin él. Pero no puede. Siempre hay algo que se deja atrás, algo pequeño y negro, como una nuez, como una bellota que ha estado en el fuego, seca, cenicienta, dura, incapaz de crecer, pero que está allí. Puede imaginarse su propia muerte pero no puede imaginar su propia desaparición. Por más que lo intente, no puede aniquilar el último residuo de sí mismo.


lunes, 14 de abril de 2014

Semillas de luz

Recostado sobre una roca contempla el cielo y piensa en que alguna mano misteriosa fue la responsable de haber esparcido y sembrado las estrellas. Cree que sin ellas la humanidad ya hubiese perecido ante la hambruna espiritual. Levanta su dedo y empieza a unir los luceros con hilos imaginarios, como lo haría una araña. Encuentra infinidad de figuras. No sabe si alguien más en el mundo habrá visto las mismas, pero lo desea. Se detiene y recuerda que hay muchas de esas estrellas que ya murieron, pero que aún brillan. Que si una se apagara de repente, el hilo caería en el vacío y se mecería como un péndulo, a la espera de otra estrella para atarse. Sin darse cuenta está regando las estrellas con la transparencia y el fluir de su alma. 

jueves, 3 de abril de 2014

Vagabundos del Dharma (fragmento)

Después de todo, un hombre sin hogar tiene derecho a llorar, pues todas las cosas del mundo se levantan contra él. Kerouac


lunes, 3 de marzo de 2014

Fragmento de "Gente Independiente" de Halldór Laxness

-El tamaño no lo es todo, por cierto -dijo en voz alta a la perra, como si tuviera sospechas de que el animal abrigaba ideas demasiado elevadas-. Puedes creerme, la libertad es más importante que la altura de un cabrio. Yo tengo motivos para saberlo; la mía me costó dieciocho años de esclavitud. El hombre que vive de su propia tierra es un hombre independiente. Es su propio amo. Si logro mantener vivas mis ovejas durante el invierno y pagar todos los años lo convenido... entonces pago lo convenido y he mantenido vivas mis ovejas. No, es la libertad lo que todos buscamos, Titla. El que paga todo lo que necesita es un rey. El que mantiene vivas sus ovejas durante el invierno, vive en un palacio.